Hay muertes que hacen ruido, con pólvora y cañones que avisan al pueblo que el luto se acerca. Y luego está la muerte que entra sin tocar, que solo pesa en el aire y seca el agua de las gargantas antes de que la víctima sepa que ya está sentenciada.
— Diario de ruta, Bagalá, 1892
NOTA DEL CRONISTA
Los nombres de personas que aparecen en esta obra han sido reemplazados por seudónimos (seud.) para preservar la confidencialidad de los familiares y allegados. Los lugares geográficos, fechas y hechos históricos se mantienen fieles a la documentación disponible.
El puerto de Pedregal era el estómago de la provincia; Calabazal ya no se usaba, su aduana había echado el cerrojo. Todo lo que entraba al Chiriquí profundo, y todo lo que salía de él para intentar ser fortuna en otras tierras, pasaba primero por ese calor denso, salado, ruidoso. Hasta el año 1892.
En abril de ese año, el ruido cesó. No fue un apagón súbito, sino un desangramiento lento. Primero dejaron de escucharse las carretas en las madrugadas. Luego los gritos de los estibadores, apagados no por el descanso, sino por una debilidad extraña que les aflojaba las rodillas. La epidemia de cólera morbo no anunciaba su llegada con trompetas; se arrastraba desde las aguas estancadas, trepaba por el sudor de los marineros y se instalaba en el polvo del camino real.
Los más viejos decían que el aire mismo había cambiado de textura. Lo llamaban "el vaho negro". Una pesadez invisible que hacía que el sol de mediodía no calentara, sino que asfixiara. La enfermedad vaciaba a los hombres por dentro en cuestión de horas. Un vecino con el que habías pactado el precio de un ternero por la mañana, era un cuerpo ardiendo en cal viva para el anochecer.
Los centros urbanos, que hasta entonces habían sido el orgullo del avance civilizatorio frente a la selva, se convirtieron de pronto en trampas de lodo y desesperación.
El cólera es un viajero eficiente. Utiliza las mismas rutas que el comercio, viaja en las mismas carretas que la esperanza y bebe de los mismos pozos que los cansados.
De David, la sombra se extendió por las llanuras calientes siguiendo el rastro del agua. San Pablo y Bagalá, puntos de tránsito vitales para los hacendados que bajaban de las tierras altas o de las sabanas occidentales, comenzaron a caer. Las casas que bordeaban el camino cerraban sus puertas de madera, no para evitar los robos, sino intentando, en un acto de fe inútil, dejar la enfermedad en la calle.
Pero el mal no entraba por la puerta. Entraba por el agua. Entraba por el abrazo de consuelo que se le daba al que acababa de enterrar a su padre. La solidaridad, que en las llanuras era la herramienta principal para levantar un pueblo, se convirtió en el vehículo de su destrucción.
Fue en este corredor de muerte, en el fragor del éxodo desesperado y la parálisis de los que no sabían hacia dónde correr, donde la historia de otro clan chiricano iba a dar un golpe de timón definitivo. Un golpe liderado no por un hombre con pergaminos, sino por una mujer con las manos encallecidas y la mirada puesta en el instinto crudo de la supervivencia.
'La Alquimista del Jaguar' (seud.) —o 'La Jabonosa', como la conocerían después las generaciones que le debieron la vida— residía con los suyos cerca de la zona de impacto.
Era una mujer que había rebasado ya su cuarta década. Nacida a mediados del siglo XIX, su carácter había sido forjado a martillazos por la tierra indómita. No creía en llantos prolongados ni en rezos que no estuvieran acompañados de trabajo rudo. Cuando el vaho negro se coló en su hogar, la tragedia fue rápida, brutal e indiscriminada.
La peste se llevó a una de las hijas de 'La Alquimista del Jaguar' (seud.) —quien en la memoria del clan sería recordada como la abuela de 'El Maestro de la Paila Vieja' (seud.), pues en aquel 1892 él aún no había nacido, faltaban siete años para su llegada—. La muerte de aquella mujer joven dejó un hueco enorme en el orden de las cosas, y un cuerpo diminuto envuelto en mantas: 'La Huérfana del Vaho' (seud.), su pequeña nieta, una niña que heredó el vacío antes de siquiera entender el concepto de la pérdida. A esta desgracia se sumaba 'La Semilla del Éxodo' (seud.), la hija menor que La Alquimista misma había parido, aún frágil ante el peligro.
La casa olía a vinagre, a hierbas quemadas, a miedo sudado. El pueblo a su alrededor se estaba apagando como un campo de rastrojo bajo la lluvia. Los hombres más fuertes morían retorcidos, y los médicos —los pocos que existían o que se atrevían a acercarse— hablaban en susurros sobre cuarentenas que nadie sabía cómo implementar en medio de la selva.
La Alquimista del Jaguar miró a la Huérfana, su nieta. Miró a la Semilla, su propia hija menor. Miró las paredes que habían levantado con esfuerzo. Luego, hizo lo que las mujeres de su estirpe siempre han hecho cuando el mundo decide acabarse.
—Esta casa ya es tumba —sentenció con una voz que no temblaba—. No vamos a quedarnos a esperar el turno.
En 1892, huir no era simplemente caminar en dirección contraria a la peste.
Huir significaba abandonar la civilización, por muy precaria que fuera, y adentrarse en territorios donde no existía la ley, ni el mercado, ni la ayuda del vecino. Significaba buscar el aislamiento total. Para sobrevivir al cólera, la única vacuna conocida por el sentido común era poner distancia entre el cuerpo sano y el aire enfermo. Mucha distancia.
La Alquimista del Jaguar no derramó lágrimas mientras empaquetaba. Su dolor era un motor de combustión interna, oscuro y silencioso, que alimentaba la fuerza de sus brazos. No empacó adornos, ni muebles pesados, ni recuerdos que no sirvieran para cazar o cocinar. Subió a la carreta picos, machetes, un viejo arcabuz, un mosquete, semillas, una paila de hierro pesado donde tradicionalmente hervía lejía y grasa, y pólvora.
Sabía hacia dónde debían ir. Hacia el sur y el oeste, lejos de la ruta del comercio. Hacia las llanuras secas y abiertas del distrito de Alanje, a un lugar apartado donde el viento corriera libre y el sol quemara la tierra hasta esterilizarla. Hacia Palo Grande. Una tierra que, en aquel entonces, estaba infestada de jaguares y monte cerrado.
Para ella, cambiar la muerte invisible del cólera por la muerte visible de un felino de cien kilos era un trato justo. Al tigre, al menos, se le podía disparar.
La partida fue de noche, para evitar el calor sofocante del día y, quizás, para no ver de cerca el rostro de los moribundos que dejaban atrás.
La carreta crujió quebrando el silencio sepulcral del poblado. En la parte trasera, 'La Semilla del Éxodo' dormía abrazada a 'La Huérfana del Vaho', ajenas ambas a que esa noche se convertían en las portadoras de una rama entera del futuro de Chiriquí. Delante, sosteniendo las riendas con manos que ya habían comenzado a endurecerse como corteza de guayacán, iba La Alquimista.
Miró hacia atrás una sola vez. Los mecheros de Bagalá y San Pablo no eran los faroles cálidos del hogar, sino las fogatas, y tambien "mechorros" donde se quemaban ropas infectadas. El vaho negro flotaba sobre los techos, una entidad casi sólida recortada contra las estrellas.
Allí quedaba el mundo conocido. Allí quedaba la tumba de su hija —la futura abuela de 'El Maestro de la Paila Vieja'—. Allí quedaba el pasado.
Por delante, el trillo y la socuela hasta Palo Grande eran una boca negra y salvaje. La Alquimista chasqueó la lengua, espoleó a los bueyes, y se adentró en la oscuridad. Su estirpe no iba a morir de asfixia en un caserío enfermo. Su estirpe iba a pelear a zarpazos contra el monte, si era necesario, pero iba a echar raíces.
La paila de hierro tintineó en el fondo de la carreta, como una campana anunciando un bautismo de sebo y ceniza.
El caserío en Cerro Colorado dejó de ser progreso
para convertirse en el ataúd.
Y fue una mujer, armada de pólvora y pragmatismo,
la que entendió que la vida, a veces,
exige volver a la barbarie del monte
para no perderlo todo.
El éxodo hacia Palo Grande comenzó en silencio.
Pero el ruido de su paila forjaría el futuro.
TODOS harían igual