Raíces: del Jabón y el Colibrí

Hito Primero

El Centinela de Ultramar y los Sellos de la Corona

~20 minutos de lectura Cartagena · Dolega · La Mata del Colibrí 'El Peninsular', 'El Centinela de Ultramar' · El Visitaflor "i'dole" Año 1827 — El Umbral de la Montaña Blanca

El hombre que llega con papeles no llega solo. Llega con todos los que firmaron esos papeles, con todos los muertos que lo precedieron, con toda la voluntad de un Imperio que ya no sabe que está muriendo.

— Crónica familiar, Dolega, Chiriquí
I · Lo que trajo el mar desde Cartagena

'El Peninsular', 'El Centinela de Ultramar' (seud.) llegó a las tierras del Istmo como llegan todos los hombres que van a fundar algo sin saberlo todavía: con una mano en el bolso donde guardaba los pergaminos y la otra libre, tanteando el aire nuevo de una tierra que aún no tenía su nombre completo.

Corría el año de 1827 cuando desembarcó en estas tierras, aunque había nacido treinta y siete años antes, en 1790, en la península ibérica. El Imperio español sostenía sus últimas décadas de grandeza con la misma elegancia fatigada de un hombre viejo que todavía se pone el mejor traje para las fiestas, sabiendo en el fondo que algo en él ya no es lo que era. Desde Cartagena de Indias, donde había servido como tributario de la Corona —oficio que le exigía contar, registrar, certificar el peso exacto de las cosas: el oro, el ganado, la harina, la lealtad— venía con permisos coloniales sellados con lacre rojo y la firma de funcionarios cuyos títulos ocupaban tres líneas del folio.

Los papeles decían que se le concedía el derecho a establecer una hacienda en las tierras altas del Chiriquí, región que la Corona nombraba con la misma imprecisión afectuosa con que se habla de un territorio que no se conoce bien pero que se quiere poseer de todas formas. Los papeles decían mucho. Pero no decían lo principal: que aquel hombre iba a clavar una piedra bajo el canto de un pájaro que los indios llamaban  "i'dole", y que esa piedra iba a ser el centro del mundo de varias generaciones.

Eso no lo escribe ningún Imperio. Eso lo decide la tierra sola.

II · El camino desde el puerto hasta la montaña

El trayecto desde las costas hasta las tierras altas de  "Cheriqué" era, en aquel tiempo, un asunto de paciencia y de piernas.

No había caminos en el sentido en que los hombres de ciudad entienden esa palabra. Había huellas. Trochas abiertas por el machete y pisadas por el ganado y los arrieros desde hacía generaciones, senderos que se estrechaban y ensanchaban según el capricho del monte, que aquí era selva cerrada y allá sabana abierta, que cruzaba ríos con el nombre que les habían puesto los indios antes de que llegara nadie con pretensiones de bautizar lo que ya tenía nombre.

El Peninsular hizo ese camino con dos mulas, un arriero joven de nombre Indalecio (seud. 'El Arriero de Cochea') que conocía cada piedra del trecho y que hablaba poco pero miraba mucho, y un baúl de madera donde iban los pergaminos envueltos en cuero, la ropa de trabajo, y un libro de contabilidad de páginas en blanco que él había traído desde Cartagena con la intención de registrar todo lo que fuera registrable. Les acompañaban dos piones en tributo.

Fue Indalecio (seud.) quien señaló primero el lugar. No lo dijo con palabras, que era hombre de gestos. Detuvo las mulas, bajó del caballo, y apuntó con el mentón hacia un claro entre guayacanes y ceibas jóvenes donde el terreno se abría como una palma de mano y el aire cambiaba de color, se hacía más verde, más denso, más propio de sí mismo: un entorno natural majestuoso.

El Peninsular desmontó. Caminó el claro en silencio. La tierra cedía con una firmeza húmeda que prometía cosechas. A su derecha, el sonido del agua que corría por entre las piedras antes de verse: primero el rumor, luego el hilo brillante de una quebrada que bajaba de las alturas con una constancia que a él le recordó, sin saber bien por qué, a los ríos lentos de la campiña extremeña donde su padre le había enseñado a leer el tiempo en el color de las piedras mojadas.

Fue entonces cuando este entorno natural majestuoso ,abrió espacio a "i'dole".

III · La Mata del Colibrí: el centro del mundo

El colibrí no es un pájaro que se deje ver con facilidad.

Es más bien una posibilidad de pájaro, un rumor con alas, una joya que aparece y desaparece antes de que el ojo tenga tiempo de decir ahí está. Los indios de esas tierras lo llamaban el visitaflor porque su relación con las flores era la del mensajero que llega sin aviso y se va antes de que uno recuerde haberle preguntado algo. Y tenían razón. Hay pájaros que adornan el paisaje y hay pájaros que lo significan.  "i'dole" era de los segundos.

El Peninsular lo vio posado —quieto, cosa rarísima en esa especie que parecía hecha de pura velocidad— sobre la rama baja de un árbol cuyo nombre él no sabía todavía pero que Indalecio (seud.) llamó en su idioma con una palabra que sonaba a agua sobre piedra. El pájaro era verde metálico con la garganta encendida en rojo, y lo miraba, o eso le pareció al recién llegado, con una atención que no era normal en los animales salvajes: sin miedo y sin curiosidad exactamente, sino con algo más parecido al reconocimiento.

El Peninsular, 'El Centinela de Ultramar' (seud.), hombre de contabilidad y pergaminos, tributario acostumbrado a convertir la realidad en cifras, se quedó quieto un largo momento. Luego hizo algo que no estaba en su carácter habitual ni en ninguno de los manuales del buen funcionario colonial: sacó del bolso una piedra de río que había recogido esa mañana de manera casi inconsciente cuando cruzaron el último vado, y la colocó en la tierra a los pies del árbol donde estaba el visitaflor.

Indalecio (seud.) lo observó sin comentar. Estas cosas, en esa tierra, no necesitaban comentario.

 "i'dole" los miró todavía un instante. Luego desapareció hacia el monte como desaparecen las cosas que ya cumplieron su parte.

Dolega, Chiriquí · Virreinato de Nueva Granada · 1827
IV · Los papeles de Cartagena y lo que no dicen

'El Peninsular', 'El Centinela de Ultramar' (seud.) vivió ciento veinticinco años.

O eso dice la memoria familiar, que en estos asuntos prefiere la leyenda al certificado de defunción, y no sin razón: la leyenda también es un tipo de verdad, y a veces es el más honesto. Lo cierto, lo verificable, es que al Peninsular se lo ubica con vida y activo desde 1790 —año de su nacimiento en la península ibérica— hasta 1915, cuando murió en Dolega a los ciento veinticinco años. Llegó a estas tierras cerca de 1827, a los treinta y siete años de edad. Tres décadas después, cuando su hija  "ja'Minchi", La Dama del Silencio Lunar(seud.) ya estaba casada y sus nietos comenzaban a poblar la región, el Peninsular seguía siendo el eje de la Casa, con la misma naturalidad con que los árboles de la hacienda habían poblado el claro.

Un hombre así no es simplemente longevo. Es una institución. Es la memoria viva de un tiempo que nadie más recuerda ya como testigo, sino solo como historia aprendida. Cuando el Peninsular hablaba del virrey, de Cartagena, de los sellos coloniales, no estaba contando el pasado: estaba siendo el pasado, que es una cosa muy diferente y mucho más inquietante.

Los pergaminos que trajo en el baúl de cuero sobrevivieron en la hacienda durante generaciones. No porque la familia los custodiara con devoción especial, sino porque en esa casa de Dolega nadie tiraba nada que tuviera escritura encima, superstición muy razonable de la gente que aprendió a leer tarde y sabe que las palabras escritas son más difíciles de deshacer que las habladas.

Esos papeles de Cartagena iban a importar un día. Iban a importar de una manera que el Peninsular no pudo prever y que sus herederos iban a lamentar durante décadas. Pero eso es más adelante en la historia. Por ahora, en 1827, en el claro que Indalecio (seud.) señaló con el mentón y que el visitaflor bendijo con su presencia, los papeles son solo promesa.

Por ahora, el Peninsular clava su primera estaca y comienza a medir el terreno con la cuerda que trajo desde Cartagena, y el Imperio que respaldó esos sellos de lacre rojo todavía existe, todavía tiene años de existir, todavía no sabe lo que se le viene.

Aquí comienza  "ko'Sögwi-Kwe" . Aquí comienza, aunque nadie lo sabe todavía, todo lo demás.

V · El Higo de Cochea: la puerta de la montaña

En esa época, los peninsulares que llegaban a las tierras altas  "Cheriqué" desde el oriente lo hacían por un paso que los lugareños conocían como el Higo de Cochea.

Era una geografía de umbral: el terreno se abría después de horas de subida y de pronto la montaña cedía y las tierras de Dolega aparecían abajo como una revelación, verdes y ordenadas, con el río brillando en el fondo como un hilo de plata cosido en el verde. Los que llegaban por primera vez por ese paso decían que el paisaje golpeaba en el pecho, que había que detenerse aunque uno no quisiera, que la tierra misma le pedía a uno que la mirara antes de seguir.

El Peninsular lo cruzó en la mañana, cuando la neblina todavía cubría los fondos del valle y las cimas estaban despejadas. El efecto era el de caminar sobre las nubes hacia un mundo que aún no ha decidido si quiere ser visto del todo. Indalecio (seud.) lo dejó mirar sin apurarlo. Era arriero y sabía que algunos pasajes del camino merecen tiempo.

Ese paso, el Higo de Cochea, iba a ser durante décadas el umbral de  "ko'Sögwi-Kwe"(La Hacienda del Peninsular): por ahí llegarían los que venían a quedarse, por ahí saldrían los que tenían que irse, por ahí entrarían las noticias del mundo —las guerras, las pestes, los cambios de gobierno, las nuevas fronteras— con la tardanza natural de un lugar que el mundo llegaba a visitar pero que nunca terminaba de conquistar.

El Peninsular lo miró ese primer día con los ojos de quien llega y no los de quien se va. Y eso, en la historia de las familias, hace toda la diferencia.

Hay hombres que llegan a un lugar
y el lugar los esperaba.
No lo saben. No pueden saberlo.
Solo la tierra lo sabe,
y lo guarda en el tono del pasto
y en el vuelo del visitaflor
que aparece una vez, justo una vez,
para señalar dónde debe clavarse
la primera piedra de todo lo que viene.