Quinteto de Sangre y Fuego

Capítulo Decimoctavo · Capítulo Final

El PrimerTurista

◆ Fin del Libro Primero ◆

Manuel Claverio · Jesús Chu · Las playas de piedra negra · El Cantón que se ve a sí mismo

~30 minutos de lectura Las Estribaciones · Rabo de Puerco · La playa de piedra negra · Casa Ariztisavall Manuel Claverio · Jesús Chu · El Cantón · y todos los que vinieron antes

Muchos años después, cuando los primeros turistas extranjeros llegaron al Cantón preguntando por las playas de piedra negra que ningún mapa oficial mencionaba todavía, los viejos del pueblo recordarían que todo había empezado con una taza de café oscuro, un cuaderno cuadriculado y la tarde dorada de finales de noviembre de 1990 en que cuatro personas y una casa se sentaron a fundar lo que todavía no sabían que estaban fundando.

— Crónica del Cantón · San Heliodoro de Las Lajas · sin fecha · atribuida a Armando Quispe Gutiérrez · primera línea del Libro Segundo
I · El primer turista · lo que el lector aún no sabe

Ariztisavall Tour Inc. recibió su primer cliente externo un martes de marzo.

No un grupo. Una sola persona. Llegó al café de Don Chu preguntando por Rabo de Puerco con esa pronunciación de quien ha practicado el nombre suficientes veces para decirlo sin tropezar pero no tantas veces como para que suene natural. Don Chu lo miró un momento con esa evaluación suya de treinta años leyendo las personas que entran por su puerta. Luego puso el café sin preguntar.

Don Chu, que había escuchado desde la cocina con esa capacidad suya de estar en tres lugares al mismo tiempo, salió al mostrador.

Miró al joven.

Tenía treinta y un años. Los ojos de Armando — esos ojos que miraban las cosas antes de hablar de ellas. La contextura de Valentina Carriazo — esa presencia de las personas que son completamente ellas mismas en cualquier circunstancia. Y en la manera de estar parado frente al mostrador, con la maleta al pie y la mirada que tomaba el inventario del lugar con curiosidad genuina y sin la condescendencia de los que llegan a los lugares pequeños creyendo que saben más de lo que van a encontrar, algo que Don Chu reconoció con la precisión de los treinta años: la sangre del Cantón en alguien que no sabe todavía que la lleva.

Don Chu puso otro café. Para él también.

II · Lo que Manuel Claverio no sabe todavía · y lo que el Cantón sabe desde siempre
◆ Lo que el lector ya sabe · lo que el Cantón supo antes ◆

Manuel Claverio Quispe Carriazo tenía treinta y un años y había crecido en Madrid con una historia familiar que conocía en fragmentos: el bisabuelo de Chayito que era médico en Panamá, la abuela Valentina que había crecido con la tía Constanza, el nombre Claverio que llevaba porque alguien había querido que un nombre del Cantón viajara con él aunque él no supiera todavía exactamente a qué Cantón pertenecía ese nombre.

Había encontrado Ariztisavall Tour Inc. en internet, en una de esas tardes de búsqueda sin destino preciso que a veces terminan encontrando exactamente lo que uno no sabía que buscaba. La página web — la primera, todavía torpe en algunos detalles pero honrada en todos — hablaba de playas de piedra negra y roja en el Pacífico panameño. De aguas cristalinas que ningún catálogo había fotografiado todavía. De un Cantón que tenía la cualidad de los lugares que existen de verdad: que cuando uno llega siente que el lugar lo conocía antes de que él llegara.

Había escrito un correo. Beatriz le había respondido en cuarenta y ocho horas con la eficiencia de siempre. Y aquí estaba.

No sabía que su bisabuelo adoptivo había fundado la empresa a la que le escribió.

No sabía que Jesús Chu, que estaba tomando su reserva, era su primo segundo.

No sabía que Constanza Carriazo, que lo había enseñado a caminar, había pasado sus últimos años en la habitación Catalina de Casa Ariztisavall, exactamente a cien metros del café donde ahora tomaba su primer café en el Cantón.

No sabía que el nombre que llevaba — Claverio — pertenecía a un hombre que había dicho, en esta misma calle de piedra, que los nombres viajan y que Manuel Claverio llevaría el suyo al mundo aunque no supiera todavía lo que significaba cargarlo.

Pero el Cantón lo sabía.

Como siempre sabe. Antes de que nadie se lo cuente. Porque los lugares que han existido suficiente aprenden a reconocer a los suyos aunque los suyos no se reconozcan todavía a sí mismos.

III · Jesús Chu · el guía que llevaba el Cantón en la sangre

Jesús Chu tenía veintiocho años y había aprendido a ser guía de la única manera correcta: caminando.

No en un aula. No en un manual. Caminando el Cantón desde los seis años con su padre y con Armando y con Chayito, que le enseñó que un lugar se conoce cuando uno sabe dónde están las cosas que no figuran en ningún mapa: la fuente que solo tiene agua en diciembre, el árbol donde los colibríes se detienen antes de cruzar la Sierra, el punto exacto del sendero donde el viento de los llanos y el viento de la Sierra se encuentran y producen ese sonido particular que no es ni viento ni silencio sino el espacio entre los dos.

Era hijo de Don Chu y Cristobalina. Primo segundo de Herminia, de Lisbeth, de Elizabeth. Parte de ese tejido familiar del Cantón que no tenía papeles pero que todos conocían porque el Cantón conoce lo que importa sin necesitar documentación.

Llevó a Manuel Claverio por el teleférico — la cabina que Teodocio había construido y que Jesús usaba con la naturalidad de quien ha crecido viendo cómo se construyeron las cosas y por tanto no le resultan milagrosas sino trabajadas, que es una forma más honesta de apreciarlas — hasta San Benito. Desde San Benito tomaron el camino interno de Rabo de Puerco, que Teodocio había trazado siguiendo la topografía sin cortarla.

Y Manuel Claverio vio las estribaciones por primera vez.

IV · La playa de piedra negra · el Pacífico que no estaba en ningún mapa
◆ Playa Norte · Las Estribaciones de Cerro Puerco · tarde de marzo ◆

Las piedras eran negras y rojas y redondas con la redondez de las cosas que el río y el mar han trabajado durante siglos sin prisa. No había arena en ese tramo de costa — solo la piedra, lisa y sonora cuando el agua la movía, produciendo ese sonido que no existe en ningún otro lugar porque depende exactamente de ese tipo de piedra con ese tipo de ola con esa temperatura específica del Pacífico antes de que llegue la tarde.

El agua era lo que Teodocio había dicho en la mesa del café cuando fundaron Ariztisavall Tour: inmensamente cristalina. No era exageración. Era la descripción exacta de lo que ocurre cuando el agua no tiene ningún argumento en contra de la transparencia: sin industria, sin tráfico marítimo, sin los residuos que los lugares habitados dejan en el mar. Solo el agua siendo lo que el agua es cuando nadie la contamina.

Se veía el fondo desde la orilla. Se veía a dos metros de profundidad con la misma claridad con que se ven las cosas en el aire. Guijarros negros y rojos en el fondo. Peces pequeños que no habían aprendido todavía a tenerle miedo a la sombra de una persona porque ninguna persona había venido suficientes veces a enseñárselo.

El sol de la tarde hacía que la superficie del agua fuera oro y negro al mismo tiempo: dorada donde el sol llegaba directo, negra en los bordes donde la piedra proyectaba su sombra. Ese efecto que los fotógrafos buscarían años después y que en ese martes de marzo de la primera vez simplemente existía porque existía, sin necesitar que nadie lo nombrara.

Manuel Claverio se descalzó.

No lo pensó. Lo hizo con esa naturalidad de los cuerpos que reconocen el lugar donde deben estar y que eliminan sin consulta todo lo que se interponga entre ellos y ese lugar.

Caminó hasta el borde del agua. Se paró con los pies en las piedras mojadas — esa sensación de frío y textura y sonido simultáneos que no tiene nombre exacto pero que quien la ha sentido reconoce para siempre.

Y miró el Pacífico.

Que era, como siempre había sido y como siempre sería, inmenso y ajeno y completamente real.

Hay lugares que no existen hasta que alguien llega por primera vez a verlos. Y hay lugares que han existido siempre, esperando que alguien tenga la inteligencia de encontrarlos sin cambiarlos demasiado. Las playas de piedra negra del Cantón de Cerro Puerco eran del segundo tipo.

— Manuel Claverio Quispe Carriazo · carta a sus padres desde Lajas Largas · primera semana
V · Casa Ariztisavall · la primera noche · lo que Manuel Claverio siente sin saber por qué

Esa noche, Manuel Claverio durmió en la habitación Demetrio de Casa Ariztisavall.

La misma habitación donde Dimitruss Lam había dormido la primera noche que llegó al Cantón, años atrás. La número once, ventana a la calle, con ese olor particular de las habitaciones que han guardado el sueño de mucha gente y que por eso huelen no a ninguna persona específica sino a la suma de todas.

La casa lo recibió con la hospitalidad callada que era su condición desde siempre. Herminia — que seguía siendo la que ponía en orden los espacios de Casa Ariztisavall con esa eficiencia suya que no hacía falta anunciar porque los resultados la anunciaban solos — había preparado la habitación con el mismo cuidado con que preparaba todas las cosas que importaban. La cama con las sábanas de lino que Valentina Carriazo había traído de Madrid hacía décadas y que nadie había pensado en reemplazar porque seguían siendo perfectas. El vaso de agua en la mesilla de noche. La ventana entreabierta para que el aire de la calle de piedra entrara con esa suavidad de la noche del Cantón que no tiene los ruidos de La Ciudad ni el silencio absoluto del campo sino ese punto intermedio de los pueblos que han aprendido a respirar bien.

Manuel Claverio se acostó.

Y en los minutos antes de dormir — esos minutos que son los más honestos del día porque el cuerpo está demasiado cansado para mentirse a sí mismo — sintió algo que no supo nombrar exactamente pero que se parecía, más que a ninguna otra cosa que conocía, a la sensación de llegar.

No de llegar a un lugar por primera vez. De llegar a un lugar al que siempre se había pertenecido aunque uno no lo supiera todavía.

El Cantón lo sabía. Como siempre sabe. Antes de que nadie se lo cuente.

Afuera, en el Patio Clara, la buganvilia de Fernando oscilaba en el viento de marzo con esa permanencia de las cosas que han durado más que todos los que las plantaron y que van a durar más que todos los que ahora las miran. Carmesí. Sin permiso. Exactamente igual que siempre.

En la cocina, Laura — setenta años, el café de siempre, el banco de piedra de Chayito a cuarenta pasos — escuchó los pasos del nuevo huésped apagarse hacia el silencio del sueño.

Herminia dejó de lavar. Se secó las manos. Miró a su madre.

Y entonces Laura sonrió. La sonrisa pequeña, de las que no necesitan audiencia. La de las personas que acaban de entender que el tiempo, que parecía no tener orden, tenía todo el orden del mundo.

VI · La cocina · el cuaderno diecinueve · lo que Armando escribió

Armando Quispe Gutiérrez, médico del Cantón, heredero de los dieciocho cuadernos de Chayito, abrió el cuaderno número diecinueve esa noche.

No Chayito. Armando. La transmisión del testigo no era metáfora sino hecho: el cuaderno diecinueve era suyo, con la tapa dura azul marino de la papelería de Lajas Largas, con la primera página en blanco esperando la letra que iba a llenarlo.

Valentina estaba a su lado, dormida en el cuarto que les correspondía en Casa Ariztisavall cuando venían desde San Benito. Manuel Claverio — su hijo, treinta y un años, que había llegado al Cantón desde Madrid siguiendo unas playas de piedra negra que encontró en internet sin saber que esas playas las había comprado su padre cuando tenía veintiocho años y no sabía todavía lo que estaba comprando — dormía al final del corredor en la habitación Demetrio.

Armando miró el cuaderno en blanco.

Pensó en Chayito. En la primera entrada del cuaderno dieciocho: Lo que Fernando y Clara construyeron no fue una casa. Fue una manera de vivir.

Pensó en Don Claverio que había dicho: Cuéntenle a Manuel quién era Claverio. Para que cuando camine la calle de piedra de Lajas Largas lo haga sabiendo sobre qué está pisando.

Pensó en que esa noche Manuel Claverio había caminado esa calle. Sin saber todavía nada de lo que había debajo.

◆ Cuaderno XIX · Primera entrada · Armando Quispe Gutiérrez · marzo ◆

Chayito me dijo que el cuaderno dieciocho no era el último. Que el que escribe no para hasta que lo que tiene que escribir ya está escrito. Esta noche entiendo qué quería decir.

Manuel Claverio llegó hoy al Cantón. Mi hijo. El que lleva el nombre de Don Claverio en el segundo nombre. El que aprendió a caminar de la mano de Constanza. El que nació en Madrid sin saber que pertenecía a este lugar, que es la única forma de pertenecer a los lugares que valen la pena: sin saberlo todavía, pero perteneciendo igual.

Llegó preguntando por las playas de piedra negra. Llegó porque Beatriz le respondió un correo. Llegó porque Teodocio compró esas estribaciones cuando nadie sabía que valían. Llegó porque Lam construyó el teleférico que conecta los dos lados de la Sierra. Llegó porque Fernando construyó la casa con paredes de ochenta centímetros. Llegó porque Clara la habitó para que valiera la pena. Llegó porque Chayito escribió dieciocho cuadernos para que nada se perdiera.

Llegó porque todo lo que hicieron estas personas, durante todos estos años, era para que cuando llegara alguien como él —alguien que lleva la sangre del Cantón sin saberlo, que lleva los nombres del Cantón sin entenderlos todavía— hubiera algo que lo recibiera con la dignidad que merece.

Mañana le cuento quién era Claverio. Como me pidió Don Claverio que hiciera. Como me enseñó Chayito que se hace: sin prisa, con el café correcto, en el lugar correcto, a la hora correcta.

Mañana empieza el Libro Segundo.

Armando cerró el cuaderno.

Lo puso en el estante de la cocina que Fernando había construido a la altura exacta de la mano de Chayito.

Junto a los dieciocho cuadernos anteriores. Alineados. Cada uno ligeramente diferente en tamaño y en color y en el desgaste que le había dado el tiempo, pero todos parte de la misma cosa: la memoria del Cantón guardada por las manos que habían sabido guardarla.

Diecinueve cuadernos.

La buganvilia de Fernando, afuera en el Patio Clara, seguía siendo la buganvilia de Fernando: carmesí, sin permiso, sin disculpa, exactamente igual que desde 1932 cuando Fernando la plantó en el muro del patio interior de su casa porque Clara había dicho que le gustaban las cosas que crecen sin pedir permiso y Fernando no necesitaba más instrucción que esa.

Lajas Largas dormía.

El Cantón respiraba con ese ritmo lento de los lugares que han aprendido que la mejor manera de durar es simplemente seguir siendo lo que son.

Y en algún cuarto de Casa Ariztisavall, Manuel Claverio Quispe Carriazo soñaba — por primera vez en su vida — con playas de piedra negra y con una casa colonial con paredes gruesas y con el sonido del viento cuando la Sierra de Cerro Puerco lo deja pasar hacia los llanos.

Sin saber todavía que ese sueño era también una memoria.

Que la memoria no necesita haber ocurrido en la vida de uno para ser real.

Que las cosas que se construyen bien duran más que quienes las construyeron.

Y que el Libro Primero terminaba exactamente aquí:

Con el hijo de Armando durmiendo en la casa que Fernando construyó, en el Cantón que Lam conectó, bajo el cielo que Don Estanislao miró en 1878 cuando llegó por primera vez sin saber todavía que estaba fundando algo.

Las mismas estrellas.

El mismo Cantón.

Un hombre nuevo que llega para empezar de nuevo lo que nunca terminó.

◆ FIN DEL CAPÍTULO XVIII ◆
Fin del Libro Primero · Quinteto de Sangre y Fuego

El primer turista llegó preguntando
por las playas de piedra negra.
No sabía que su bisabuelo las había fundado.
No sabía que su primo le estaba sirviendo el café.
No sabía que la habitación donde dormía
olía a las sábanas que su abuela trajo de Madrid.
No sabía que el nombre que llevaba
había caminado esta misma calle
noventa y cinco años antes
y había dicho que volvería.

El Cantón lo sabía.
Como siempre sabe.
Antes de que nadie se lo cuente.

Diecinueve cuadernos en el estante.
La buganvilia sin permiso.
El café siempre listo.
Las paredes de ochenta centímetros
que guardan todo.

Mañana empieza el Libro Segundo.

◆ Ariztisavall y Sangre · Quinteto de Sangre y Fuego · Libro Primero · Completo ◆