Un clan no es la suma de sus miembros. Es la memoria que ninguno de ellos puede perder aunque quiera. Es el nombre que pesa aunque no se lleve puesto. Es la deuda que no se contrae sino que se nace debiendo, y que se paga no con dinero sino con lo que uno es.
— Doña Clara Aparicio Molina de Ariztisavall · a sus hijas · una noche que ellas no olvidaronChayito escribía en las noches.
Siempre lo había hecho. Desde que Filomena Ariztisavall Sifuentes le enseñó que las manos que saben curar también deben saber guardar, que la memoria oral era el primer archivo pero que el papel la hacía irrevocable, que las cosas importantes merecen la permanencia de la tinta aunque la tinta envejezca y amarillee y acabe perdiendo su negrura original.
El cuaderno negro de Chayito tenía ya más de doscientas páginas escritas en una letra pequeña y pareja que no había cambiado en sesenta años. Era el cuaderno número diecisiete de una serie que empezaba en 1928, cuando ella tenía veinte años y Doña Clara todavía vivía y Fernando todavía construía la última habitación del ala este de la casa con esa terquedad suya de hombre que sabe que lo que hace tiene que durar más que él.
La noche del 18 de noviembre de 1990 —el día después de la festividad de San Heliodoro, cuando la casa empezaba a vaciarse de las voces del clan con esa melancolía dulce de los reencuentros que terminan bien—, Chayito abrió el cuaderno número diecisiete en la última página escrita y añadió un párrafo al final que no era para nadie en particular y era para todos al mismo tiempo.
Armando estaba sentado a su lado. No porque ella se lo hubiera pedido. Porque era el tipo de muchacho que sabe cuándo debe estar cerca y cuándo debe callarse. Y esta era una de esas noches.
—¿Qué escribe? —preguntó, sin curiosidad entrometida. Con la curiosidad de quien aprende.
—Lo que le debo a Fernando y a Clara —dijo Chayito, sin levantar la vista del papel—. Que es todo lo que soy.
Armando esperó. Chayito cerró el cuaderno con cuidado. Y entonces habló. No para el cuaderno. Para el muchacho que tenía al lado, que iba a necesitar saber estas cosas para poder ser lo que ella estaba pasándole el testigo de ser.
Lo que dijo esa noche, en la cocina de Casa Ariztisavall con el olor de la festividad todavía en el aire y la buganvilia de Fernando oscilando despacio en el corredor del patio, es lo que este capítulo guarda.
Fernando no era el hijo mayor.
Era el octavo de los doce. El segundo de los Fernando —porque Don Estanislao tuvo la peculiaridad de un hombre que repite lo que le gusta, y el nombre Fernando le gustó dos veces, con dos madres distintas y con trece días de diferencia en el mismo año de 1892. El primero, Fernando Tiago, hijo de Esperanza Montotto Hordaz, murió ahogado siendo joven, y esa muerte puso sobre el octavo hijo toda la carga simbólica que tienen los nombres que sobreviven a la persona que los llevó primero.
Fernando Arquezio era hijo de Sebastianna Díaz Quintero, la primera esposa de Don Estanislao, y había heredado de su madre esa practicidad sin adorno que es el regalo de las mujeres que saben lo que cuesta construir algo y no gastan palabras en describirlo. Era un hombre de manos. De medidas. De ese tipo de silencio productivo que produce cosas mientras los que hablan siguen hablando.
Don Fernando tenía una manera de mirar las cosas que yo no he vuelto a ver en nadie. No miraba lo que estaba, sino lo que podía estar. Le mostraban un solar baldío y él veía los cuartos que cabían. Le mostraban una niña de cinco años con ojos grandes —que era yo— y él veía a la persona que iba a ser esa niña cuando la vida le diera el espacio para serlo. Eso no es un talento. Es una forma de amor que pocas personas tienen el valor de ejercer.
Construyó esta casa cuando era joven y la construyó para durar porque sabía que lo que iba a vivir dentro merecía paredes serias. Ochenta centímetros de bahareque. Vigas de madera que eligió árbol por árbol. Baldosas traídas desde La Ciudad en un viaje de dos días que hizo solo, en una época en que dos días de viaje eran dos días de viaje de verdad, sin atajo posible. Las trajo porque Clara las había visto en una fotografía y había dicho qué bonitas sin pedir nada. Y Fernando no necesitaba que le pidieran. Solo necesitaba saber qué le gustaba a Clara.
Así era. Así fue siempre.
Clara llegó a Lajas Largas desde una familia de Penonomé que tenía más apellido que hacienda y más dignidad que fortuna.
Tenía dieciocho años cuando Fernando Arquezio Ariztisavall la vio por primera vez en la festividad de San Heliodoro de 1920. Él tenía veintiocho. No era la diferencia de edad lo que los separaba —en aquellos años y en aquel pueblo esa diferencia era ordinaria— sino la diferencia de mundos: él ya era dueño de tierras y construcciones y de ese nombre que en el Cantón pesaba desde los tiempos de Don Estanislao; ella era la hija mayor de una familia venida a menos que había aprendido a llevar la pobreza con una elegancia que no era pose sino arquitectura de carácter.
Fernando la vio entrar al baile del pueblo con ese vestido de color indefinido que años después Chayito describía siempre como el que no sabías si era blanco o era la luz, y no dijo nada. No hizo nada. Se quedó donde estaba durante hora y media mirándola bailar con la paciencia de quien sabe que las cosas que valen la pena no se precipitan.
Clara lo notó. Claro que lo notó. Las mujeres que llevan la dignidad como arquitectura de carácter tienen también el radar fino de quien sabe distinguir entre el que mira con ganas y el que mira con respeto. Fernando miraba con ambas cosas, en ese orden: primero el respeto, luego las ganas. Y eso, para Clara Aparicio, era exactamente la secuencia correcta.
Clara Aparicio Molina de Ariztisavall fue la primera persona que me enseñó que el amor no es un estado. Es una decisión que se renueva cada día, y que los días en que más trabajo cuesta renovarla son los que más definen a la persona que lo hace.
Tuvo a Laura y a Luisa y a los hijos que no llegaron a término —dos, que yo asistí y que guardé en silencio porque no había nada que decir que el tiempo no fuera a decir mejor. Los lloró sola, en el cuarto, con la puerta cerrada. Nunca le pedí que abriera esa puerta. Cuando terminaba de llorar, salía, se lavaba la cara, y volvía a ser la que era: la mujer que tenía una casa que sacar adelante y un hombre que quería y unas hijas que necesitaban madre y un mundo que no esperaba a nadie.
Nunca la escuché quejarse. No porque no tuviera de qué. Sino porque había tomado la decisión, de joven, de que la vida que tenía merecía todo lo que ella era, y esa decisión no la revisaba cada vez que algo dolía. La tenía tomada. Eso es todo.
Fernando la llamaba siempre por su nombre. No mi amor ni mi vida ni ninguno de esos diminutivos que los hombres usan cuando no saben qué otro nombre darle a lo que sienten. La llamaba Clara, con todo el peso del nombre. Y en la manera en que lo decía estaba todo lo que no necesitaba añadir.
— Chayito · cuaderno XVII · noviembre, 1990Lo que se construye con amor verdadero no le debe explicaciones a nadie. Y lo que no tiene amor verdadero, no merece ni siquiera el esfuerzo de la discusión.
— Laura Ariztisavall Aparicio · Capítulo I · atribuido a Doña ClaraHay una historia que las paredes de ochenta centímetros guardan y que no está en ningún documento oficial.
Chayito la conocía entera. Era la única que la conocía entera, porque había estado presente en los momentos que cuentan desde los cinco años, primero como niña que observa sin que los adultos recuerden que están siendo observados, luego como joven que ya entiende lo que ve, luego como mujer que guarda y protege la memoria de las personas que la hicieron.
Se la fue contando a Armando esa noche en partes, con la economía de la persona que ha contado muchas historias y sabe que las buenas no necesitan adorno. Solo orden. Solo verdad.
Fernando se fue antes que Clara.
No de golpe. De la manera en que se van los hombres que han construido mucho y que el cuerpo, llegado cierto punto, simplemente empieza a cobrarles el precio del trabajo. Despacio. Con dignidad. Con esa resistencia suya que era menos terquedad que costumbre de no rendirse.
Chayito estuvo con él. Como había estado en todo. Sin hacerlo protocolo, sin anunciarlo. Simplemente ahí, con sus manos que sabían lo que las manos corrientes no saben, con esa presencia que era su oficio más hondo: acompañar.
Los últimos días de Don Fernando los pasé a su lado. Él lo sabía y no lo decía, que era su manera. Me pedía el café de siempre, me preguntaba cómo estaban las plantas del patio, me hacía hablar de cosas ordinarias con esa generosidad particular de los que saben que se van y no quieren que los últimos momentos sean los más pesados.
El último día lúcido me llamó. Me tomó la mano —esas manos suyas de constructor que tenían el grosor de las cosas que han sujetado mucho— y me dijo una sola cosa: Tú eres la que queda. Cuida a Clara. Cuida a las niñas. No porque no puedan cuidarse solas, que pueden. Sino porque hay personas en el mundo que merecen tener a alguien que las cuide aunque no lo necesiten.
Le dije que sí. No hice falta más.
Fue en paz. No porque la muerte sea paz en sí misma, que no lo es. Sino porque Fernando Arquezio Ariztisavall Díaz había vivido de tal manera que no tenía pendientes que le pesaran al final. Había construido la casa. Había querido a Clara todos los días que tuvo para hacerlo. Había criado a sus hijas. Había cuidado a los suyos. Había sido justo con los que dependían de él. Había reconocido a Chayito como lo que era desde el primer día. No había deuda.
Esa es la forma de morirse bien. No la ausencia de dolor. La ausencia de deuda.
Clara vivió años después que Fernando. No se sabe cuántos exactamente, porque Clara Aparicio Molina de Ariztisavall tenía esa cualidad de las personas que el tiempo no consigue medir bien: estaba presente de maneras que no dependían del calendario.
Siguió siendo la de siempre. La que doblaba los manteles con cuidado pensando en que habría otro momento para usarlos. La que bordaba los bordes con esa paciencia que nadie recordaba quién le había enseñado pero que todos reconocían como suya. La que un día reunió a Laura y a Luisa —siendo ya mujeres, ya madres, ya con sus propias historias encima— y les dijo lo que cada vez que la obra habla de ella se recuerda como la definición más precisa de lo que era esta familia.
No dejó testamento escrito. No porque no supiera que debía hacerlo, sino porque lo que dejaba no cabía en papel. Dejó la manera de cerrar capítulos sin dejar cabos. Dejó la capacidad de estar en el momento que toca con todo lo que una es. Dejó los manteles bordados en el baúl de la habitación Filomena, doblados con ese cuidado que indica que quien los dobló pensaba en el siguiente uso aunque no supiera cuándo sería. Dejó el bordado del borde cuya autoría nadie recuerda porque Clara hacía las cosas hermosas sin firmarlas.
Dejó a Laura y a Luisa. Que es decir: dejó lo más difícil y lo más importante. Dos mujeres formadas en su escuela, que es la escuela que no tiene nombre pero que produce personas que saben quiénes son y qué deben hacer con lo que son.
Dejó el Patio Clara. Que no se llama así porque ella lo nombrara. Se llama así porque ese patio, sin que nadie lo decidiera con palabras, siempre fue suyo. El centro de gravedad de la casa. El lugar donde las cosas importantes ocurrían. El corazón que Fernando había construido con paredes de ochenta centímetros para que Clara tuviera un lugar que durase más que los dos.
Y dejó a Chayito. Que era —como ella le había dicho— la hermana que no había podido darle a sus hijas. La que quedaba cuando Fernando se fue. La que quedaba cuando ella también se fue, con esas manos que sabían cosas y ese cuaderno negro que guardaba la memoria de todo para que nada se perdiera del todo mientras hubiera alguien que supiera leerlo.
Chayito terminó de hablar pasada la medianoche.
Armando no había dicho nada desde hacía mucho tiempo. No porque no tuviera qué decir. Sino porque había aprendido de Chayito —que era la mejor maestra posible para esto— que hay momentos en que lo más inteligente que puede hacer una persona es quedarse quieta y dejar que lo que está recibiendo se asiente.
Afuera, el Cantón de noviembre dormía con esa quietud que tienen los lugares que han celebrado bien y que ahora descansan sin necesidad de que nadie los vigile. La buganvilia de Fernando no se veía desde la cocina, pero ambos sabían que estaba ahí, en el muro del patio, ocupando el espacio que Fernando le había dado en 1932 sin saber que iba a sobrevivirle tanto y a convertirse en la imagen más persistente de todo lo que él había plantado en esta casa.
—¿Cuándo se fue Doña Clara? —preguntó Armando al fin, con la voz baja de quien pregunta algo que importa.
Chayito tardó un momento antes de responder. No porque no supiera la respuesta, sino porque había fechas que ella guardaba de una manera diferente a las demás.
—Se fue —dijo simplemente— cuando ya había hecho todo lo que había venido a hacer. Que es la mejor manera de irse.
Armando lo pensó.
—¿Y usted? —preguntó. Con la franqueza joven que era su marca—. ¿Cuándo habrá hecho todo lo que vino a hacer?
Chayito lo miró. Con esa mirada suya que veía más de lo que mostraba ver. Y sonrió de la manera en que sonríen las personas que llevan ochenta y dos años en el mundo y ya no le tienen miedo a casi nada.
—Cuando tú no me necesites para seguir —dijo—. Todavía me necesitas. Así que todavía no.
Armando guardó eso en el lugar donde se guardan las cosas que van a definir a una persona. Junto a lo que Chayito le había dicho antes sobre por qué lo había elegido a él. Junto a lo que Don Claverio le había dicho sobre el apellido y el peso que tiene. Junto a todo lo que esta casa, en estos días de noviembre, le había enseñado sin proponérselo.
Se quedaron en silencio un momento más. Los dos. La anciana de ochenta y dos años que había llegado a esta casa siendo una niña y que era, de todas las personas que quedaban en pie, la que más sabía de todo lo que aquí había ocurrido. Y el joven de treinta y uno que acababa de recibir el peso de esa memoria y que iba a tener que aprender a cargarlo con la dignidad que merecía.
Afuera, en el Patio Clara, la buganvilia de Fernando oscilaba levemente en el viento de noviembre. Sin pedir permiso. Como siempre. Como había hecho desde 1932, cuando un hombre que construía cosas para que duraran la plantó en el muro interior de su casa sin saber todavía cuánto iba a necesitar durar.
A la mañana siguiente, antes de que la casa se terminara de despertar, Armando fue a buscar a Don Claverio.
Lo encontró donde siempre encontraba a los hombres que han vivido mucho y que ya no necesitan ocupar el centro de las cosas para estar en ellas: en el banco de piedra del corredor norte, con el café en la mano y la mirada en el patio que llevaba el nombre de su cuñada.
Don Claverio era el noveno hijo de Don Estanislao. El último de los doce en pie. Había conocido a Fernando Arquezio desde que Fernando era un niño y él también era un niño y los dos corrían por los llanos del Cantón con esa libertad que solo tienen los que todavía no saben que el mundo va a pedirles cuentas.
Había visto a Fernando enamorarse de Clara. Había estado en la boda. Había visto nacer a Laura y a Luisa. Había estado presente en los momentos que la familia contaba y en los que no contaba, que eran los más importantes. Era el archivo vivo de todo lo que Chayito no había visto porque era demasiado joven o porque no estaba.
—Anoche Chayito me habló de Fernando y de Doña Clara —dijo Armando, sentándose a su lado con la naturalidad que los días en esa casa le habían enseñado.
—Bien —dijo Don Claverio. Solo eso. Sin preguntar qué había dicho ni para qué. En el bien cabía el reconocimiento de que esas eran conversaciones necesarias y que era correcto que ocurrieran.
—¿Qué me diría usted de ellos? —preguntó Armando. Con respeto. Con la disposición de quien sabe que hay versiones distintas de la misma historia y que todas son verdad.
Don Claverio tomó un sorbo de café. Largo. Miró el patio.
—Que Fernando fue el mejor hombre que conocí —dijo al fin—. No el más brillante. No el más poderoso. El mejor. En el sentido de que hacía lo que tenía que hacer sin necesitar que nadie se lo agradeciera. Y que Clara era la única persona que yo he conocido en noventa y cinco años que tenía la misma cualidad que Fernando pero en otro registro: si él construía para que durara, ella habitaba para que valiera la pena.
Pausa.
—Construir y habitar —continuó—. Los dos son necesarios. Con solo uno de los dos, la casa es un cascarón o un campamento. Con los dos juntos, es un hogar. Esta casa fue un hogar porque Fernando la construyó y Clara la habitó. Y todo lo que pasó después —Laura, Luisa, sus hijas, este muchacho Teodocio, el señor Lam, tú mismo— todo eso ocurrió porque hubo un hogar de verdad donde ocurrir.
Armando no dijo nada. Estaba aprendiendo, a sus treinta y un años, a recibir las cosas grandes sin necesitar reducirlas a algo manejable de inmediato.
Don Claverio volvió a mirar el patio. La buganvilia de Fernando, exuberante y sin permiso, colgaba sobre el muro con esa desmesura vegetal de las cosas que han tenido décadas para crecer a su manera.
—Esta casa va a seguir siendo un hogar —dijo Don Claverio—. No porque tenga paredes buenas, aunque las tiene. Sino porque tiene personas que saben lo que significa habitarla. —Una pausa—. Tú eres una de esas personas, Armando. Chayito no se equivoca en estas cosas. Yo tampoco.
Esa misma mañana, antes de que Armando se levantara, Chayito había escrito la entrada que no pudo terminar la noche anterior.
Era breve. Chayito no necesitaba extensión para las cosas que importaban. La extensión era para las cosas que todavía no entendía del todo. Las que entendía completamente cabían en pocas líneas.
Lo que Fernando y Clara construyeron no fue una casa. Fue una manera de vivir. Las paredes tienen ochenta centímetros porque Fernando sabía que lo que iba a ocurrir dentro necesitaba paredes serias. El patio tiene buganvilia porque Clara le gustaban las cosas que crecen sin pedir permiso y Fernando lo supo sin que ella se lo dijera. Las baldosas son de La Ciudad porque Clara las vio en una fotografía y dijo qué bonitas, y a Fernando no le hizo falta más instrucción que esa.
Viví en esta casa desde los cinco años. Vi a Fernando construirla y a Clara habitarla. Vi nacer a Laura y a Luisa dentro de estas paredes. Vi las noches en que Fernando volvía del campo y buscaba a Clara en la cocina antes de hacer nada más, con esa manera suya de orientarse que era encontrarla primero y después todo lo demás.
Lo que yo soy es el resultado de haberlos visto. De haber aprendido de dos personas que amaban sin dar explicaciones ni pedir aplausos que así es como se hace: con paredes de ochenta centímetros y buganvilia en el muro y baldosas traídas de dos días de viaje porque alguien dijo qué bonitas y eso fue suficiente razón.
Armando lo va a saber. Ya lo está sabiendo. Esta casa le va a enseñar lo que le queda por aprender, que es lo que siempre enseña a los que llegan dispuestos a escucharla.
Fernando. Clara. Este es el cuaderno que les prometí que escribiría. El diecisiete. No el último.
— Rosario Encarnación Gutiérrez Monteczuma · Chayito · 82 años · Lajas Largas · noviembre, 1990Cerró el cuaderno. Lo puso en el lugar donde siempre ponía los cuadernos terminados: en el estante de la cocina que Fernando había construido a la altura de su mano, porque ella era la que más usaba esa cocina y él lo sabía y construyó el estante donde tenía que estar.
Salió al corredor del patio.
La buganvilia de Fernando estaba en ese momento de la mañana en que la luz lateral la atravesaba de una manera que hacía que cada flor pareciera encendida desde dentro. Era el color del principio de las cosas. Del rojo que no es urgencia sino permanencia. Del tipo de belleza que no pide atención pero la recibe de todo el que pasa.
Chayito se quedó un momento mirándola. Luego fue a hacer el café de todos, que era la forma más sencilla y más honrada de empezar cualquier día.
Fernando construyó para que durara.
Clara habitó para que valiera la pena.
Chayito guardó la memoria de los dos
para que ninguno de los que vinieron después
tuviera que vivir sin saber
sobre qué estaba pisando.
Las paredes tienen ochenta centímetros.
La buganvilia no pide permiso.
El café se hace todos los días.
El amor no se acaba.
Todo lo demás viene de aquí.