Un hombre que construye para que los demás pasen es un hombre que ya entendió algo que la mayoría tarda toda la vida en entender: que las obras que duran son las que sirven para algo más que su propio peso.
— Del cuaderno de Beatriz · Casa Ariztisavall · noviembre, 1990Hijo de un marino griego —coleccionista de lo que el mundo descartaba, genio para los números de esa clase que no necesita papel— y de una mujer de Guangzhou de sangre azul que le enseñó que la paciencia es la forma más exigente de la inteligencia. Criado entre dos mundos con la determinación callada de quien no pertenece del todo a ninguno y ha decidido, por eso mismo, construir el suyo propio.
Desde los años sesenta, gestor y propietario del poblado de Lam, las Fincas de Llanos de Quebrada Negra: un conjunto de tierras agro-industriales al otro lado de la Sierra de Cerro Puerco que él convirtió en algo que no existía en ningún mapa oficial pero que toda la gente del Cantón conocía. Hombre de silencios largos y decisiones irrevocables. El tipo de prosperidad que no necesita anunciarse porque se nota en cómo se está en un lugar.
Padre ausente de Beatriz y Gloria, las gemelas de Luisa. Amante inconcluso de Luisa-Margott Ariztisavall Aparicio, a quien quiso con la intensidad particular de los que quieren mal: demasiado tarde, demasiado lejos, con demasiado silencio en medio. Miembro reconocido del Clan Ariztisavall por el Pacto de Lajas Largas. Su mayor obra todavía en marcha: el Teleférico de San Benito.
Dimitruss Lam conocía la Sierra de Cerro Puerco mejor que nadie vivo.
No porque la hubiera estudiado —aunque la había estudiado, con esa meticulosidad suya para los sistemas que sus enemigos llamaban obsesión y sus socios llamaban precisión— sino porque la había cruzado. Decenas de veces. En épocas distintas del año, con condiciones distintas, con resultados que iban desde el éxito tranquilo hasta el fracaso que obliga a pensar. La había cruzado con mulas cuando no había otro modo. La había cruzado con los primeros camiones cuando el camino sin pavimentar lo permitía. La había cruzado a pie, solo, en las temporadas en que quería pensar algo que no cabía dentro de cuatro paredes.
La Sierra de Cerro Puerco dividía el Cantón en dos mitades que no se comunicaban bien. No por falta de voluntad —la gente del Cantón tenía una voluntad de hierro, forjada en generaciones de construir lo que necesitaba sin esperar que nadie se lo construyera— sino por la simple geografía de la cosa: la montaña estaba ahí, con sus pendientes de cuarenta grados y su lluvia que llegaba sin aviso y sus caminos que el invierno borraba con la indiferencia de quien tiene toda la eternidad por delante.
Del lado de Lajas Largas: el pueblo viejo, el cementerio Ariztisavall, las casas con historia, el café de Don Chu, la calle de piedra que recordaba los pies de todos los que habían pasado por ahí desde antes de que nadie pudiera recordarlo. El corazón conocido del Cantón.
Del lado de los llanos: sus fincas. San Benito de los Llanos, que todavía esperaba su cabildo pero que ya existía en la práctica con la terquedad de las cosas que un hombre de decisiones irrevocables ha decidido que van a existir. Los trabajadores y sus familias. Las instalaciones de almacenamiento. Los caminos internos que él había trazado con la misma lógica con que su padre marino trazaba rutas: buscando el ángulo que gasta menos fuerza para llegar al mismo sitio.
Y en medio: la Sierra. Alta, verde, impasible. El obstáculo que lo había obligado a pensar durante veinte años en la solución que no existía todavía.
La idea del teleférico había llegado a su mente en 1971 y nunca se había ido.
Dimitruss Lam era hijo de un marino coleccionista y un marino coleccionista lo que no descarta es la idea que persiste. Persiste porque persiste por algo, le había dicho su padre una vez, con esa manera suya de decir verdades grandes en frases cortas. Lo que no te abandona tiene razón en no abandonarte.
En 1971, mientras cruzaba la Sierra con una columna de mulas cargadas con los primeros insumos de la finca, la nieve de los picos más altos —rara, en esa latitud, pero real— le había tapado el camino. Cuatro días varado en la ladera, con el tiempo para pensar que tiene la montaña cuando decide que uno se queda. Cuatro días mirando la pendiente y calculando ángulos con la cabeza que su padre le había dejado: esa cabeza que convertía los números en imágenes y las imágenes en posibilidades.
Un cable. Un mecanismo de tracción. Una cabina que subiera la pendiente que el camino no podía subir. No para él solo, no para las mulas ni para los camiones de la finca: para todo el Cantón. Para las familias del lado de los llanos que necesitaban llegar a Lajas Largas y tardaban un día entero. Para los productos agrícolas que se pudrían en el camino mientras el precio caía en el mercado. Para la gente mayor que ya no podía con la pendiente y que veía el hospital y la farmacia del otro lado de la Sierra como si estuvieran en otro país.
La idea no era pequeña. Eso era precisamente lo que la hacía suya.
El proyecto que Dimitruss Lam había estado desarrollando durante años bajo el nombre de Teleférico de San Benito —con su constructora Vértigo Inc. como brazo ejecutor— no era una sola línea sino un sistema de conexiones escalonadas que tomaría la Sierra de Cerro Puerco y la convertiría, por primera vez en la historia del Cantón, en un puente en lugar de una barrera.
Tres tramos. Tres puntos de acceso en el lado de los llanos. Dos puntos de llegada en el lado de Lajas Largas y la cordillera alta. Un tiempo de tránsito que reduciría de ocho horas por el camino sin pavimentar a menos de cuarenta minutos en cabina. Capacidad para personas, para mercancía, para los equipos médicos de la posta que el propio Lam pensaba financiar en San Benito.
Planos. Presupuestos. Permisos tramitados con la paciencia de quien sabe que el Estado funciona a su propio ritmo y que insistir antes de tiempo es el método más seguro para que digan que no. Vértigo Inc. tenía ya los contratos con los proveedores de cables de acero, con los fabricantes de cabinas en un país con tradición en este tipo de ingeniería, con los ingenieros locales que conocían las condiciones específicas del subsuelo de la Sierra.
El proyecto estaba listo. Lo que necesitaba era el momento.
Y el momento, Dimitruss Lam lo había aprendido de su madre con la paciencia de Guangzhou, llegaba cuando llegaba. No antes.
Un teleférico no mueve cables. Mueve el tiempo de las personas. El tiempo que una madre tarda en llevar a su hijo al médico. El tiempo que un productor tarda en llevar su cosecha al mercado. Cuando cambias ese tiempo, cambias todo lo demás.
— Dimitruss Lam · ante el clan · Casa Ariztisavall · noviembre, 1990La semana que siguió a la Gran Reunión, Teodocio Miranda y Cabral fue a los llanos.
Fue solo, en la camioneta de Vicenta-Eneyda, con un cuaderno de trabajo y las herramientas básicas de quien va a evaluar terreno: nivel de burbuja, cinta métrica, el ojo entrenado que es, en última instancia, el instrumento más preciso que existe cuando quien lo usa lleva veinte años leyendo estructuras.
Dimitruss Lam lo esperaba en San Benito con el café preparado y los planos extendidos sobre la mesa de trabajo que ocupaba el centro de la casa que él había construido mirando hacia la Sierra. Era una mesa grande, de madera oscura que el tiempo había vuelto casi negra, con marcas de bordes de taza y de compás y de dedos que habían señalado puntos en papel durante años. La clase de mesa que acumula historia sin pretenderlo.
—Cuénteme desde el principio —dijo Teodocio, poniéndose los lentes con ese gesto suyo de quien se prepara para escuchar de verdad.
—Desde cuándo —preguntó Lam.
—Desde antes de que fuera un proyecto. Desde cuando todavía era solo una idea que no quería irse.
Y Lam habló. No con el tono del empresario presentando una propuesta —esa voz calibrada para convencer— sino con la voz del hombre que lleva veinte años con una certeza que no ha podido compartir del todo con nadie. La historia de la Sierra. Los cuatro días varado en la ladera en 1971. Los cálculos en los márgenes del diario que llevaba entonces. Los viajes a ver teleféricos en funcionamiento en otros países, discretos, sin anunciarse, aprendiendo de la ingeniería de otros con la humildad de quien sabe que la experiencia ajena es el libro más barato que existe.
Teodocio escuchó todo sin interrumpir. Solo cuando Lam terminó empezó a hacer preguntas. Preguntas técnicas, precisas, del tipo que revelan a quien las hace: no estaba evaluando si el proyecto era bueno o malo —eso ya lo había decidido— sino dónde estaban los puntos que necesitaban más atención.
—Las anclas de la Estación B —dijo al fin, señalando el punto intermedio en el plano—. ¿A qué profundidad tiene proyectado el anclaje?
—Cuatro metros. La roca madre en ese punto está a tres y medio según el sondeo.
—Necesita cinco. El error de los teleféricos en suelo de sierra es subestimar la carga dinámica en el cable central cuando hay viento cruzado. No el viento del día del sondeo. El viento del día en que la temporada lluviosa llega dos semanas antes de lo previsto y la cabina está cargada al máximo.
Dimitruss Lam miró el plano. Miró a Teodocio.
—¿Ha trabajado en teleféricos?
—He trabajado en estructuras que cuelgan de otras estructuras —dijo Teodocio—. El principio es el mismo. La gravedad no tiene preferencias por el tipo de obra.
Lam sonrió. Era una sonrisa que muy poca gente le había visto: no la sonrisa del hombre seguro de sí mismo, que era la habitual, sino la del hombre que acaba de encontrar lo que estaba buscando sin saber del todo que lo buscaba.
—¿Cuándo puede empezar?
—Ya empecé —dijo Teodocio.
Laura escuchó el proyecto completo una tarde de noviembre tardío, sentada frente a Lam en el Patio Clara.
No sola. Con Luisa a su lado —porque Luisa, cuando se trataba de algo que involucraba a Lam, tenía derecho a estar presente, y Laura lo sabía, y Lam lo sabía, y nadie necesitó decirlo— y con Beatriz al fondo, ostensiblemente repasando su cuaderno de cuentas pero con el lápiz quieto y el oído perfectamente activo.
Lam habló del teleférico con la precisión que usaba para todo lo que era suyo de verdad: sin adornos, sin la grandilocuencia del promotor, con los números y los plazos y las consecuencias reales de lo que estaba describiendo.
Conexión real entre los dos lados de la Sierra: los llanos de San Benito con Lajas Largas y sus enlaces hacia La Ciudad. Tiempo de tránsito reducido de ocho horas a menos de cuarenta minutos en las condiciones del camino actual. Acceso permanente, independiente del estado de los caminos, independiente de la temporada de lluvias.
Para las familias de los llanos: médico, farmacia, mercado, escuela secundaria, al alcance real. Para los productores de Lam y de los pequeños agricultores independientes: el mercado de Lajas Largas a tiempo, sin que la cosecha se dañe en el camino. Para los jóvenes: la posibilidad de estudiar en Lajas Largas sin tener que abandonar la familia que vive al otro lado.
Para el Cantón en su totalidad: la integración que nunca había tenido. No integración del papel, no del mapa oficial que algún día llegaría, sino la integración real: la de las personas que se pueden ver, comprar, vender, curar, enseñar y ayudar mutuamente sin que la montaña sea el argumento definitivo en contra.
Y para la inversión: una puerta. La primera infraestructura de esa escala en el Cantón sería la señal que atraería lo que el Cantón necesitaba y que la distancia había mantenido lejos: capital dispuesto a trabajar en tierra que tiene futuro visible.
Cuando terminó, Laura estuvo un momento en silencio. Ese silencio suyo que no era vacío sino el espacio donde procesaba las cosas que importaban.
—¿Y por qué nos lo cuenta a nosotras? —preguntó al fin. No con desconfianza. Con la precisión de quien quiere saber el papel exacto que le están ofreciendo antes de aceptarlo.
—Porque el teleférico llega a Lajas Largas —dijo Lam—. Y Lajas Largas es Casa Ariztisavall. Y Casa Ariztisavall no es solo una hospedería. Es el nombre que este pueblo escucha cuando necesita saber que algo va a estar bien.
Pausa.
—Lo que propongo no es que me financien ni que me avalen ni que firmen nada que las comprometa. Lo que propongo es que seamos la misma cosa que siempre hemos sido en el Cantón, aunque nunca lo hayamos puesto en palabras: el lado de acá y el lado de allá, pero sin la sierra en medio.
Laura miró a Luisa.
Luisa miró a Beatriz, que no estaba mirando el cuaderno en absoluto.
—¿Cuándo empiezan las obras? —preguntó Beatriz desde el fondo, con esa voz suya de los momentos en que ya tomó la decisión y solo le falta el dato concreto.
—En cuanto los permisos de la Estación B estén en orden —dijo Lam—. Que es donde Teodocio está trabajando esta semana.
—Entonces —dijo Beatriz, cerrando el cuaderno con un golpe seco que en ella significaba resolución— ya empezaron.
Gloria fue la primera del clan en ver San Benito de los Llanos con sus propios ojos.
Fue tres días después de la reunión, sin anunciarse, en la moto que Teodocio le había prestado para que recorriera el Cantón con la libertad del ojo que busca sin itinerario previo. Cruzó la Sierra por el camino viejo —dos horas de terracería con el polvo pegándose a la ropa y al cabello y a los bordes del bloc de dibujo que llevaba en la mochila— y llegó a los llanos cuando el sol estaba todavía en ángulo generoso, ese ángulo de la tarde que hace que la luz no queme sino que revele.
Lo que vio no era lo que había imaginado. Había esperado algo más rudimentario, más provisional, más de campamento que de comunidad. Lo que había era otra cosa.
Casas de material con techos de zinc bien puestos, no improvisados. Calles sin pavimentar pero trazadas con lógica, no al azar: la lógica de alguien que había pensado en cómo iba a crecer el pueblo antes de que el pueblo existiera. Un área de almacenamiento para la producción agrícola —galpones limpios, con ventilación planificada, con sistema de etiquetado que no era sofisticado pero sí consistente. Una plaza central sin estatua todavía pero con el espacio dejado para ella, con la modestia de quien construye sin apresurarse a poner el nombre.
Y la gente. Familias. Niños corriendo con esa libertad específica de los niños que crecen en lugares donde el espacio todavía no ha sido reclamado del todo por la infraestructura. Mujeres en los umbrales de las casas con esa postura de quien conoce cada centímetro de lo que cuida. Hombres que llegaban del campo con la herramienta al hombro y el paso de quien trabaja porque quiere, no porque no tiene alternativa.
Gloria dibujó durante dos horas sin parar. No la arquitectura —eso era lo de menos— sino la proporción. La manera en que ese pueblo estaba hecho a escala humana en lugar de a escala de la ambición. La manera en que cada decisión de diseño, aunque nadie la hubiera llamado así, revelaba a alguien que había construido pensando en las personas que iban a vivir ahí y no en el mapa que alguien dibujaría después.
Cuando Lam la encontró en la plaza central, con el bloc lleno y los dedos manchados de carboncillo, le preguntó qué pensaba.
—Pienso —dijo Gloria, sin apartar los ojos del último trazo— que usted construyó esto como si ya supiera que iba a tener que justificarlo ante alguien que lo fuera a ver de verdad. Y eso dice mucho.
—¿Dice qué? —preguntó él.
—Dice que usted siempre supo que esto no era solo suyo.
Lam no respondió de inmediato. Miró la plaza, el espacio para la estatua que todavía no tenía figura, los techos de zinc que el sol poniente hacía brillar con una luz casi imposible de grasienta y exacta.
—Festivity day el 11 de julio —dijo al fin—. San Benito de Nursia. El santo que construyó comunidades donde antes no había nada. Cuando elegí el nombre pensé que era apropiado.
—Lo es —dijo Gloria. Y volvió al bloc.
Luisa y Dimitruss Lam se sentaron a hablar el miércoles siguiente.
No en Casa Ariztisavall. En el café de Don Chu, a primera hora de la mañana, cuando los demás clientes todavía no habían llegado y Don Chu entendía, con la inteligencia silenciosa que le había dado treinta años detrás de ese mostrador, que había que poner el café y retirarse a la cocina y no volver hasta que le llamaran.
No fue una conversación fácil. Las conversaciones que se deben durante treinta años no lo son nunca, porque el tiempo no hace que las cosas sean más simples —esa es la mentira que la distancia vende— sino que hace que tengan más capas, más matices, más zonas donde cada uno tiene razón y donde esa razón coexiste con la del otro sin anularse.
—Tienes que saber una cosa primero —dijo Luisa, con las manos alrededor de la taza, sin mirarlo todavía—. Las gemelas crecieron bien. No a pesar de tu ausencia. Con ella. Aprendieron a no necesitar lo que no estaba. Eso no es un reproche: es un hecho. Y es importante que lo sepas porque lo que venga ahora no es reparar lo que se rompió. Es construir lo que nunca hubo.
Lam escuchó sin interrumpir.
—¿Y tú? —dijo cuando ella terminó.
Luisa levantó los ojos del café.
—Yo también crecí bien —dijo—. Con tu ausencia y sin ella. Aprendí a llevar lo mío. No voy a decirte que no dolió, porque sería mentira, y ya somos demasiado viejos para eso. Pero estoy entera. Que es lo que importa.
—¿Me das la oportunidad de estar? —preguntó él. Y en la pregunta no había la certeza habitual de Dimitruss Lam. Había algo más pequeño y más honesto, algo que se parecía tanto a la vulnerabilidad que él mismo pareció sorprendido de haberlo dicho.
—Ya te la di —dijo Luisa—. La noche del Pacto. Cuando te quedaste. Eso fue la respuesta. Ahora lo que viene es el trabajo.
Don Chu reapareció en el momento exacto con el café de la segunda taza, sin preguntar si lo querían, porque después de treinta años uno sabe cuándo la gente necesita una segunda taza y cuándo lo que necesita es que alguien se la traiga sin que tenga que pedirla.
Luisa bebió el café.
Lam bebió el café.
Afuera, en la calle de piedra de Lajas Largas, el pueblo empezaba su día con la misma cadencia de siempre: los pasos de la gente que madruga, el olor de los primeros fogones, la luz de noviembre que llegaba oblicua y dorada sobre los tejados viejos. El mismo pueblo de siempre. Y dentro del café de Don Chu, dos personas que habían necesitado treinta años y un pacto de clan para poder tomarse un café como esto: con tiempo, con verdad, sin la prisa del que todavía no sabe si puede quedarse.
El clan Ariztisavall y el Cantón de Lam no eran dos cosas. Nunca lo habían sido. Lo que pasó en esa reunión fue que por fin alguien lo dijo en voz alta.
— Del cuaderno de Gloria · bocetos de San Benito · noviembre, 1990A la constructora la había llamado Vértigo Inc. por una razón que tardó años en explicarle a alguien.
La explicó esa semana, en una de las tardes largas que el clan empezó a tener en el corredor del Patio Clara cuando la reunión oficial terminó pero nadie tenía prisa por irse —porque eso es lo que hace un clan reunido bien: que la gente no tenga prisa— con Laura y Teodocio y Andrea-Eugenia y Beatriz escuchando, y con la voz de Lam que a esas alturas ya había perdido la distancia de los primeros días y hablaba como habla la gente cuando se siente, por fin, en el lugar donde puede hablar.
—El vértigo —dijo— es lo que siente uno cuando mira desde arriba y entiende qué tan alto está. No es miedo al vacío. Es miedo al tamaño de lo que uno puede caer. Y la única manera de trabajar en altura sin que ese miedo te paralice es entender que el miedo es la información, no el problema. El problema es confundirlo con una orden.
Teodocio asintió con esa lentitud suya que significaba que estaba archivando la frase en el lugar donde guardaba las cosas que valían.
—¿Y los que trabajan con usted lo saben? —preguntó Andrea-Eugenia, con esa franqueza joven que era su mejor rasgo.
—Lo aprenden —dijo Lam—. Los que se quedan lo aprenden.
—¿Y los que no se quedan?
—Esos también aprenden algo —dijo—. Aprenden que hay trabajos que no son para ellos, que es una información igualmente valiosa.
Beatriz, que había estado con el lápiz en movimiento durante toda la conversación, levantó la vista.
—¿Qué necesita Vértigo Inc. que no tiene todavía?
Lam la miró. Y en esa mirada de padre que todavía estaba aprendiendo cómo se mira a las hijas había algo nuevo: el reconocimiento de la inteligencia. No el reconocimiento afectivo —ese era otro proceso, más lento, más profundo— sino el profesional. El que se le da a alguien que hace la pregunta correcta en el momento correcto.
—Una contadora que entienda proyectos de largo plazo —dijo—. No de los que calculan el costo presente. De los que calculan el costo de no hacer la cosa.
Beatriz cerró el cuaderno. Lo abrió. Lo cerró de nuevo.
—Tengo una propuesta —dijo.
La última noche de noviembre, Dimitruss Lam se quedó solo en el Patio Clara.
No por elección exactamente. Por acumulación: todos habían ido retirándose a sus habitaciones con la tranquilidad de la gente que ha llenado el día de las cosas correctas y no necesita más para dormir bien. Laura la última, como siempre, con esa responsabilidad suya de ser la que apaga la luz. Pero antes de apagar la luz, se asomó al patio y lo vio ahí, en el banco de piedra bajo la buganvilia, mirando la noche del Cantón.
—¿Necesita algo?
—No —dijo él—. Solo quería ver esto desde adentro antes de irme.
Laura asintió.
—Esta casa lo espera siempre que quiera venir —dijo—. Eso ya es parte del pacto.
Se fue. Y Lam se quedó con la buganvilia de Fernando encima y el cielo del Cantón —ese cielo sin contaminación lumínica que en 1990 todavía era el cielo de verdad, negro y lleno— desplegado sobre el patio que llevaba el nombre de Clara.
Pensó en su padre. El marino griego que coleccionaba lo que el mundo descartaba y que le había enseñado que el valor de las cosas no lo pone el mercado sino el ojo que sabe mirar. Pensó en su madre, en Guangzhou, con esa paciencia suya que era la forma más exigente de la inteligencia. Pensó en los cuatro días varado en la ladera de la Sierra en 1971, mirando el ángulo que resolvería todo.
El teleférico iba a existir. Esto lo sabía con la certeza tranquila de sus decisiones irrevocables, que no eran arrogancia sino el producto de veinte años de trabajo silencioso que había convertido cada obstáculo en información y cada fracaso en ajuste.
Pero lo que iba a existir no era solo el teleférico. Era el Cantón que el teleférico haría posible: los dos lados de la Sierra comunicados, el tiempo de las familias recuperado, la inversión llegando a tierra que por primera vez tenía una infraestructura que la justificaba. Era San Benito de los Llanos con su cabildo oficial, con su festividad del 11 de julio, con su estatua en la plaza que todavía esperaba figura y que cuando tuviera una no iba a ser la suya.
Era Beatriz con sus libros de contabilidad de Vértigo Inc. Era Teodocio con sus anclas a cinco metros de profundidad en la roca de la Sierra. Era Gloria con sus bocetos del pueblo que ya existía y que nadie había dibujado todavía. Era el clan Ariztisavall que había abierto su casa y su pacto y su nombre a un hombre que llegó tarde pero que cuando llegó lo hizo con todo lo que tenía.
Soltó el aire despacio.
En algún punto del Cantón, al otro lado de la Sierra que mañana empezaría a convertirse en puente, San Benito de los Llanos dormía con esa quietud de los lugares que ya saben lo que van a ser aunque todavía no lo hayan dicho en voz alta.
Dimitruss Lam se puso de pie. Miró la buganvilia una última vez —esa exuberancia vegetal que no pedía permiso a nadie y que Fernando había plantado hace décadas sin saber que iba a sobrevivirle tanto— y entendió algo que había estado a punto de entender muchas veces y que esta noche, en este patio, por fin encontraba las palabras exactas.
No se trataba de recuperar el tiempo perdido. El tiempo perdido no se recupera; esa es la única verdad del tiempo que no tiene excepción. Se trataba de construir, con el tiempo que quedaba, algo que valiera más que todo lo que se había dejado ir.
El teleférico iba a valer más.
Las hijas iban a valer más.
El clan iba a valer más.
Y él, Dimitruss Lam, el hombre que había construido un pueblo al otro lado de una montaña mientras dejaba pendiente lo que más importaba, iba a gastar lo que le quedara de vida —que esperaba que fuera mucho, porque tenía demasiado trabajo por delante— en demostrar que había entendido la diferencia entre construir para sí mismo y construir para que los demás pasen.
Un hombre que llegó tarde
y que llegó con todo lo que tenía.
Una sierra que divide
y que va a dejar de dividir.
Un pueblo que ya existe
y que espera su nombre en el mapa.
Un clan que abrió sus puertas
y recibió lo que faltaba para ser completo.
El teleférico todavía no existe.
Pero ya tiene sus anclas.
Y eso, en el Cantón de 1990,
es más que suficiente para comenzar.