Quinteto de Sangre y Fuego

Capítulo Séptimo

El Clan en Pleno

~30 minutos de lectura Lajas Largas · San Heliodoro de Las Lajas · El Cantón Laura · Luisa · Herminia · Vicenta · Beatriz · Gloria · Chayito · Teodocio · Dimitruss Lam · Don Claverio

Reconstruir no es volver al punto de partida.
Es encontrar que el punto de llegada siempre estuvo
más cerca de lo que el miedo dejaba ver.

— Teodocio Miranda y Cabral
I · Lo que trajo el año

El año 1990 llegó al Cantón con la misma brutalidad con que llegó al resto del mundo: sin pedir permiso y sin prometer nada.

En los periódicos de La Ciudad hablaban de crisis económica, de conflictos entre países, de un orden mundial que crujía en sus junturas como una casa vieja bajo el peso de una tormenta que nadie había querido anticipar. Los analistas usaban palabras que en el Interior sonaban a idioma extranjero —volatilidad, recesión, ajuste estructural— con la solvencia de quienes nunca han tenido que explicarle a una familia por qué no hay arroz en la alacena.

En Lajas Largas, San Heliodoro de Las Lajas, las cosas se medían de otra manera. No con cifras de bolsa ni con decretos de emergencia, sino con el número de personas que ya no estaban en sus puestos en el mercado del martes. Con las casas que amanecían cerradas con llave y no volvían a abrir. Con los jóvenes que partían hacia La Ciudad con una maleta y la determinación de los que no tienen opciones, y que a veces regresaban y a veces no.

Pero el año 1990 también trajo, a esta tierra específica de paredes de ochenta centímetros y patio interior con buganvilia, algo que no traía ningún titular de periódico: el clan completo.

Por primera vez en décadas —nadie sabía exactamente cuántas— los Ariztisavall estaban todos juntos en el mismo espacio. Y eso, en Lajas Largas, era un acontecimiento que el pueblo entero sintió antes de que nadie se lo contara.

II · El Cantón en noviembre
◆ Geografía · El Cantón

Al Cantón lo parte en dos la Sierra de Cerro Puerco, ese accidente geográfico que no pide disculpas y que los mapas dibujaban con la resignación de quien sabe que hay cosas que no se pueden enderezar. De un lado, los llanos y las fincas y el poblado que el Sr. Lam estaba convirtiendo, hectárea por hectárea y año por año, en algo que Lajas Largas todavía no tenía nombre para nombrar. Del otro, el pueblo viejo, el cementerio, las casas con historia, la calle de piedra donde el café de Don Chu abría a las cinco de la mañana y cerraba cuando se acababan los clientes.

En noviembre, el Cantón olía a tierra mojada por las lluvias tardías y a humo de leña de las cocinas que aún cocinaban con fuego de verdad. Los árboles de la Sierra —esos que la gente del pueblo llamaba simplemente «los de arriba»— tenían ese verde oscuro y saturado que solo se da cuando el año ha sido generoso con el agua.

El 17 de noviembre era la festividad de San Heliodoro. El mismo nombre que llevaba el pueblo desde antes de que ninguno de los presentes naciera, desde antes incluso de que Don Estanislao Ariztisavall Garza llegara a estas tierras con sus zapatos de cuero y su apellido compuesto que sonaba a dos países.

Y el 17 de noviembre era también el día de Don Claverio Heliodoro Ariztisavall Sifuentes. Nonagésimo quinto año de existencia sobre la tierra. Hijo 9° de Don Estanislao. El último de los doce en pie. El hombre que llevaba el nombre del santo del pueblo como si el destino, con su sentido del orden invisible, hubiera decidido que había que poner a alguien a cargo de custodiar el nombre.

Don Claverio cumplía años y el pueblo festejaba a su santo, y nadie en Lajas Largas había podido nunca decir con certeza cuál de los dos le daba pretexto al otro.

La Sierra de Cerro Puerco · El Cantón · San Heliodoro de Las Lajas
III · Lo que el café de Don Chu supo antes que nadie

Don Chu abrió su restaurante a las cuatro y media aquella mañana, una hora antes de lo habitual.

No lo hizo porque alguien se lo pidiera. Lo hizo porque treinta años sirviendo café en esa esquina le habían enseñado a leer los días con la misma precisión con que otros leen el cielo antes de la lluvia. Y aquel día olía a reunión grande. A 'llegadas'; A 'junte'. A ese tipo de mañana que no se da más de dos o tres veces en la vida de un pueblo y que, cuando se da, hay que estar despierto para no perdérsela.

Los primeros en aparecer fueron los del Cantón lejano: familias que venían desde las fincas del lado de la Sierra, y 'de majalla'; con el polvo del camino sin pavimentar todavía marcado en los zapatos y esa expresión serena de la gente que madruga por costumbre y no por urgencia. Llegaron en grupos de dos y tres, pidieron café, ocuparon las mesas sin estridencias, con la naturalidad de quienes saben que van a un lugar donde los esperan.

Después llegaron los de La Ciudad. Los reconoció por los zapatos —esos que no están hechos para calles de piedra— y por la manera de mirar las cosas como si estuvieran tomando nota para contárselas a alguien después. Gente de apellido. Gente que había salido del Interior y había prosperado en La Ciudad y que regresaba una vez al año, dos veces si el año era generoso, para no perder del todo el hilo.

Y entre ellos, mezclados con la naturalidad de quien no necesita anunciarse, los Ariztisavall.

Don Chu reconoció a Laura de lejos. La había visto crecer. Había servido café en los velatorios de la familia y en sus celebraciones, en los buenos momentos y en los difíciles, con la misma mano firme y el mismo silencio discreto que era su mejor virtud. Cuando Laura entró aquella mañana con Herminia a su lado, Don Chu puso el café sin preguntar y añadió los bizcochos de harina que guardaba para las ocasiones que lo merecían.

Y no hizo falta decir más. Nunca hacía falta, con Don Chu.

IV · Chayito y las cosas que no se olvidan
Rosario Encarnación
Gutiérrez Monteczuma

«Chayito» · «Mi Cura» · «La Ariztisavall Aparicio» · 82 años · Protegida de Clara y Fernando · Ahijada de Filomena Ariztisavall Sifuentes · Heredera de su nombre y sus bienes.

Chayito llegó a pie, como siempre.

Ochenta y dos años y todavía caminaba con esa cadencia particular suya que no era lentitud sino ceremonia: cada paso puesto donde debía estar, el cuerpo entero en comunicación con el suelo que pisaba. Venía de la otra calle, su calle, la que cruzaba para llegar a la casa de Fernando desde antes de que Fernando y Clara se fueran y dejaran a sus hijas a cargo de la historia familiar.

Se llamaba Rosario Encarnación Gutiérrez Monteczuma. Pocos en Lajas Largas lo sabían. Para el pueblo era Chayito y eso era suficiente —más que suficiente; era todo. Para la familia era Hermana, Mi Cura, La Ariztisavall Aparicio. Títulos que no venían de papeles sino de años, de presencias en los momentos que cuentan, de una lealtad a la familia Fernando-Clara que había sobrevivido a los mismos Fernando y Clara.

Fue Filomena Ariztisavall Sifuentes —la 12° de los hijos de Don Estanislao, la que vivió más y supo más de las cosas silenciosas de esta familia— quien la tomó como ahijada en el sentido más completo de la palabra: le financió los estudios por todo el mundo, le heredó sus bienes, le dijo en su lecho final lo que Clara le había dicho antes: tú eres la de esta familia aunque no lleves el apellido, y eso vale más que el apellido.

Chayito había recibido esa herencia con la misma sobriedad con que recibía todo: sin aspavientos, con la gratitud callada de quien sabe que no hay palabras suficientemente grandes para ciertas cosas y que el silencio, bien puesto, lo dice todo.

Cuando llegó a la puerta de Casa Ariztisavall aquella mañana y la encontró abierta de par en par, con el olor del café cruzando el corredor hasta la calle, se detuvo un momento en el umbral. No por cansancio. Por lo mismo que se detiene uno ante las cosas que tienen historia: para dejarles el respeto de un segundo antes de entrar.

— «La Ariztisavall Aparicio» · Chayito · 82 años · 17 de noviembre, 1990

Laura la vio llegar desde el corredor del Patio Clara y fue hacia ella con los brazos abiertos.

Y Chayito, que había escuchado esa palabra de los labios de Laura en el gran Pacto del capítulo anterior y no había podido decir nada porque el peso de la emoción se lo impidió, ahora la recibió con la calma de las cosas ya nombradas.

V · Los que vienen del lado del Cantón

El clan Ariztisavall, en su sentido más amplio, era casi media nación.

No en el sentido literal de los números —aunque los números, cuando alguien se tomaba el trabajo de contarlos, daban vértigo— sino en el sentido de los vínculos: los descendientes de los doce hijos de Don Estanislao se habían multiplicado con la constancia discreta de las familias que no hacen ruido pero sí historia. Había Ariztisavall en La Ciudad y en el Interior, en fincas y en oficinas, en negocios que prósperos y en proyectos que comenzaban. Había primos en segundo y tercer grado que se reconocían por el apellido compuesto —esa combinación portuguesa y francesa que no se parecía a ningún otro apellido del Cantón— antes de saber si se caían bien.

Y todos ellos, aquel 17 de noviembre de 1990, estaban llegando a Lajas Largas.

Casa Ariztisavall los recibía con las doce habitaciones preparadas, sus placas de bronce recién lustradas por Beatriz —que tenía el don de hacer que las cosas brillaran sin dejar que brillaran demasiado— y con ese olor a casa viva que Teodocio había sabido instalar en los meses de preparación: madera tratada con lo que tiene que tratarse, ventilas abiertas en el ángulo exacto para que el aire cruzara sin hacer ruido, la cocina en movimiento desde la madrugada.

Vicenta-Eneyda coordinaba las llegadas con esa capacidad suya de estar en cuatro conversaciones al mismo tiempo sin que ninguna se sintiera abandonada. Señalaba habitaciones, presentaba personas, resolvía el conflicto inevitable de las sillas y los espacios con una sonrisa que no pedía nada a cambio.

Andrea-Eugenia, la hija de Herminia —bisnieta de Don Fernando, cuarta generación de Ariztisavall en esta casa— se movía entre los recién llegados con la agilidad nueva de quien está aprendiendo a ocupar su lugar en el mundo. Tenía la seriedad de su madre pero también algo propio: esa capacidad de reírse en el momento exacto, la risa que desarmaba sin hiriente, que abría puertas donde la solemnidad las habría cerrado.

Los descendientes de los hermanos de Don Fernando llegaban con sus propias historias, sus propios hijos, sus propias versiones del apellido. Ariztisavall Montotto-Hordaz de la rama de Rosalía y Celestino. Ariztisavall Díaz-Quintero de la rama de Próspero, Eugenia y Severo. Ariztisavall Sifuentes-Cortez de la rama de Catalina, Claverio, Amparito, Demetrio y Filomena.

Todos cabiendo, de alguna manera, en la casa que Fernando Arquezio Ariztisavall Díaz había construido con paredes de ochenta centímetros y la certeza de que lo bueno debe construirse para durar.

VI · El Señor del Cantón
◆ Dimitruss Lam · 55 años · El que regresa · Padre de las gemelas · El Señor del Cantón

Hijo de un marino griego —coleccionista ávido, genio para los números— y una mujer de Guangzhou de sangre azul. Criado entre dos mundos con la determinación de quien no pertenece del todo a ninguno y ha construido el suyo propio. Propietario y gestor de un poblado rural dentro del Cantón: las Fincas de Llanos de Quebrada Negra, el futuro San Benito de los Llanos, ese proyecto suyo que todavía esperaba su cabildo abierto y su fecha en el mapa oficial. Hombre de silencios largos y decisiones irrevocables. Cincuenta y seis años de presencia que no pide permiso.

Dimitruss Lam llegó desde sus fincas con el Cantón todavía pegado en los zapatos.

No era un hombre que llegara en silencio —su tamaño no lo permitía, ni su manera de ocupar el espacio— pero sí era un hombre que llegaba sin anunciarse, lo que en alguien de su presencia equivalía a casi lo mismo. Apareció en la puerta de Casa Ariztisavall con la puntualidad de quien ha calculado el momento exacto y no necesita confirmación: cuando el grueso del clan ya había llegado y el ruido de las presentaciones llenaba el corredor, pero antes de que comenzara el almuerzo y la escena se volviera demasiado pública para lo que él traía.

Beatriz lo vio primero.

Y en el segundo que pasó entre verlo y decidir qué hacer con esa visión, Doris-Beatriz Ariztisavall —treinta y siete años, hija de Luisa, nacida en 1953 junto a su hermana gemela en la misma hora del mismo día— hizo lo que siempre hacía cuando la emoción era demasiado grande para el cuerpo que la contenía: abrió su cuaderno.

No escribió nada todavía. Solo lo abrió. Como quien necesita que haya papel cerca para poder respirar.

Gloria lo vio un segundo después. Y si Beatriz abrió el cuaderno, Gloria hizo lo opuesto: cerró los ojos una fracción de segundo, los volvió a abrir, y siguió coordinando las flores del Patio Clara con una concentración repentina que no tenía nada de floral y todo de armadura.

Las gemelas. Las hijas de Luisa. Las hijas de Dimitruss Lam, aunque el apellido que portaban fuera Ariztisavall y el nombre de su padre hubiera sido durante años una de esas verdades que todos conocen y nadie pronuncia en voz alta porque la familia, cuando decide protegerse, es perfectamente capaz de construir el silencio más hermético del mundo.

Teodocio, que estaba verificando la última conexión del generador en el pasillo lateral, lo vio entrar y evaluó la situación en el tiempo que le tomaba evaluar una viga centenaria: con la mirada, con el oído, con algo que no era intuición sino experiencia acumulada. Se limpió las manos en el trapo que llevaba al hombro y se mantuvo donde estaba. Algunas presencias piden espacio antes de pedir bienvenida.

Luisa estaba en la cocina.

Estaba en la cocina cuando Herminia entró con esa expresión que Luisa conocía —la expresión de Herminia cuando hay que decir algo que no tiene forma buena de decirse— y le dijo, simplemente:

Luisa no preguntó quién. No porque no necesitara la información —la necesitaba, con toda la urgencia del cuerpo de una mujer de cincuenta y ocho años que sigue siendo, en algún lugar que no figura en ningún árbol genealógico, la amante ciega de un hombre que nunca supo del todo quedarse— sino porque el «llegó» de Herminia no dejaba ningún margen de ambigüedad.

Se secó las manos despacio. Miró la cocina: los fogones encendidos, el arroz en su punto exacto, el sofrito que Vicenta-Eneyda había empezado con esa mano para el condimento que era casi un don. Todo en orden. Todo bajo control.

Respiró.

Y salió.

VII · Lo que no tiene nombre pero todos reconocen

Treinta años son muchas cosas.
Son también, cuando el amor es del tipo que no se elige, absolutamente nada.

Se encontraron en el corredor del Patio Clara.

No fue planeado. O quizás sí lo fue, en ese nivel donde las cosas se organizan sin que nadie las organice, donde el instinto y la memoria y el deseo que no ha tenido la decencia de extinguirse después de tres décadas conspiran para poner a dos personas en el mismo metro cuadrado en el momento exacto.

Luisa salió de la cocina por el corredor sur. Dimitruss Lam venía del corredor norte, donde Vicenta-Eneyda acababa de señalarle su habitación —la número once, Demetrio, con ventana a la calle— con la cortesía perfecta que era su arte.

Se vieron desde los dos extremos del corredor que rodeaba el Patio Clara.

La buganvilia de Fernando estaba en ese punto del noviembre en que el año le da su último impulso de color antes del final de la estación: saturada, exuberante, desbordándose por encima del muro del patio con esa desmesura vegetal que no pide permiso. Abajo, en el suelo del corredor, las baldosas que Don Fernando había traído desde La Ciudad —viaje de dos días, amor de toda una vida traducido en piedra— guardaban el fresco de la mañana bajo los pies de dos personas que se miraban desde los extremos de un corredor de veinte metros y no necesitaban acortar esa distancia para entender lo que estaba pasando.

Dimitruss Lam no era un hombre dado a la emoción visible. Había construido un pueblo, literalmente, a base de silencio y decisiones irrevocables. Había criado fincas en tierra que otros habían descartado. Había atravesado la Sierra de Cerro Puerco más veces de las que podía contar, con lluvia y sin ella, con resultados y sin ellos. Era el tipo de hombre ante quien su propia certeza encontraba sus límites solamente en un lugar: en la presencia de Luisa Ariztisavall Aparicio.

Luisa lo miró.

Cincuenta y ocho años. Vida construida, reconstruida, llevada al extranjero y traída de vuelta. Hijas gemelas que no llevaban el apellido de su padre pero que sí tenían sus ojos —los de él, asiáticos y griegos y del mundo entero a la vez— y su precisión para los números y su manera de ocupar el espacio sin pedir disculpas por ocuparlo.

Lo miró y no dijo nada durante el tiempo exacto que hacía falta para que el silencio dijera lo que ninguna palabra habría podido decir con suficiente precisión.

Después:

Luisa asintió una vez.

Caminó hacia él por el corredor. No deprisa. Con esa cadencia que tenía cuando sabía adónde iba aunque no supiera exactamente qué iba a encontrar cuando llegara. Se detuvieron a un metro de distancia —esa distancia que ya no es pública pero todavía no es privada, ese umbral que en algunos cuerpos tiene la temperatura del recuerdo— y se miraron con la franqueza brutal de los que han pasado ya por el lado doloroso de las cosas y no tienen energía para fingir que no duele.

Luisa lo miró durante tres segundos largos. Los contó. No era rabia, exactamente, aunque había algo de rabia. No era amor, exactamente, aunque había demasiado de amor. Era la mirada específica de quien ha llevado un peso solo durante treinta años y por fin tiene delante a la persona con quien lo debería haber repartido.

Él asintió. Lentamente. Con el respeto de los que han aprendido —tarde, pero aprendido— a no insistir cuando la mujer que llevan adentro les pone un límite.

Caminó de regreso a la cocina.

Él se quedó en el corredor un momento más, mirando la buganvilia. Era la primera vez que veía la casa de Fernando por dentro. Era, comprendió de pronto, más grande de lo que había imaginado. Y más sólida. Con esas paredes de ochenta centímetros que no eran solo construcción sino declaración de principios.

Reconstruir no es volver al punto de partida, había dicho Teodocio alguna vez, en alguna conversación en el borde del proyecto de las fincas, cuando Dimitruss le preguntó cómo se hacía para levantar algo después de que se había caído. Es encontrar que el punto de llegada siempre estuvo más cerca de lo que el miedo dejaba ver.

Soltó el aire que llevaba contenido desde que entró por la puerta.

Y fue a buscar a sus hijas.

VIII · Las gemelas y el padre que siempre supieron que existía

Beatriz y Gloria tenían treinta y siete años y no eran niñas.

Esto es importante decirlo porque la tentación, cuando se habla de un padre que regresa después de treinta años de ausencia, es narrar las cosas en el registro de la infancia lastimada, del niño que esperó en la ventana, de la herida que nunca cerró del todo. Y habría algo de verdad en eso —siempre hay algo de verdad en eso— pero no era la verdad completa.

La verdad completa era esta: Beatriz y Gloria habían crecido sabiendo quién era su padre. No de manera oficial, no con conversaciones frontales a la hora de la cena, sino de esa manera en que los hijos saben las cosas que los adultos creen que están escondiendo: por el tono que usaba su madre cuando alguien mencionaba el nombre de Lam, por la manera en que ciertas fotos estaban guardadas y no desaparecidas, por el hecho de mirarse al espejo y reconocer en sus propios ojos una herencia que no venía de ningún Ariztisavall.

Habían hecho la paz con eso a su manera. Gloria más rápido, con esa tendencia suya a encontrar la dimensión estética de las cosas dolorosas —el padre ausente como espacio en blanco, el espacio en blanco como posibilidad de forma. Beatriz más despacio, con más cuadernos gastados, con más noches en que las palabras no alcanzaban y había que dejar que el silencio hiciera su trabajo.

Pero estaban en paz. Y esa paz, cuando Dimitruss Lam apareció en el patio de Casa Ariztisavall buscándolas con una torpeza inusual en él —ese hombre que no tropezaba nunca, que siempre sabía dónde poner los pies— era una paz real, no una rendición.

Gloria lo vio llegar y lo esperó quieta, con las manos cruzadas por delante, con esa postura que era su manera de decir aquí estoy, no me voy a mover, pero tampoco voy a ir hacia ti, eso lo tienes que hacer tú.

Beatriz cerró el cuaderno —esta vez sí— y lo miró directo.

Dimitruss Lam se detuvo a tres metros de sus hijas. Y por primera vez en esta historia, el hombre de silencios largos y decisiones irrevocables no supo exactamente qué hacer con sus manos.

Beatriz fue la primera en moverse. Tres pasos. El abrazo de alguien que ha practicado cómo se hace esto en su cabeza muchas veces y descubre que el cuerpo, cuando llega el momento, sabe más que la cabeza.

Gloria fue la segunda. Un paso. El abrazo de alguien que no practica las cosas pero que cuando decide hacerlas, las hace de verdad.

Dimitruss Lam no dijo más palabras. No hacían falta. Tenía a sus hijas entre los brazos por primera vez en treinta y siete años —en rigor, por primera vez, punto, porque él no había estado en el lugar que debía estar cuando ellas llegaron al mundo— y el peso de eso era tan grande y tan preciso que cualquier palabra habría sido una desvaloración.

En el corredor, desde la distancia prudente que Teodocio siempre encontraba para presenciar las cosas sin interrumpirlas, Laura y Herminia observaban.

IX · Don Claverio Heliodoro · 95 años · El nombre del santo

Don Claverio Heliodoro Ariztisavall Sifuentes cumplía noventa y cinco años aquel 17 de noviembre.

Hijo 9° de Don Estanislao. Nacido en 1895, en la época en que el apellido Ariztisavall todavía estaba construyendo su peso en el Cantón y en que la Sierra de Cerro Puerco era simplemente «la sierra» porque todavía no había suficientes nombres para todas las cosas. Último sobreviviente de los doce. Héroe de guerra sin aspavientos —esa clase de héroe que no habla de la guerra porque los que han estado en una de verdad suelen no querer volver ahí con las palabras.

Llegó a Casa Ariztisavall con Constanza del brazo y con esa manera de caminar que tenía ahora: despacio, pero con la certeza de los que han caminado tanto que ya no necesitan apurarse para llegar. Los noventa y cinco años eran visibles en el cuerpo, pero no en los ojos. Los ojos de Don Claverio eran los ojos del que ha visto demasiado para estar sorprendido por nada, pero que todavía se sorprende, y esa capacidad de sorprenderse era lo que los mantenía vivos.

Constanza Carriazo —su tercera esposa, su amor elegido con la madurez de los que saben lo que cuestan las pérdidas— iba a su lado con esa presencia segura suya, sin necesitar demostrar nada, sin la ansiedad de la recién llegada porque ya no era recién llegada: era parte de esto, y lo sabía, y el clan lo sabía, y eso era suficiente.

La entrada de Don Claverio al Patio Clara fue el momento en que la reunión cambió de naturaleza.

Hasta entonces había sido una reunión grande, calurosa, ruidosa de la manera en que los reencuentros son ruidosos: voces superpuestas, risas, el caos organizado de muchas personas alegres en el mismo espacio. Cuando Don Claverio cruzó el corredor y apareció en el patio, algo ocurrió que no se puede describir del todo con precisión pero que todos los presentes reconocieron: el ruido no cesó, pero se ordenó. Como si de repente hubiera un centro gravitacional que no estaba antes.

El clan Ariztisavall —toda esa genealogía de doce ramas que había recorrido el siglo XX con sus triunfos y sus pérdidas— tenía delante al único hombre vivo que había conocido a Don Estanislao. Al único que recordaba los doce nombres en el orden en que fueron llegando al mundo. Al único que podía decir, con autoridad de testigo y no de historia: así eran las cosas en el principio.

Laura fue la primera en abrazarlo, como correspondía.

Después lo hicieron los demás, en el orden natural de los abrazos que no necesitan organizarse porque la familia sabe, cuando se lo permite, cómo organizarse sola.

Cuando llegó el turno de Dimitruss Lam —que esperó al final, con la discreción de quien entiende su lugar en la geometría de estas cosas— Don Claverio lo miró durante un segundo más de lo habitual, con la mirada de los que ven sin filtros.

Y Dimitruss Lam, el hombre de silencios largos, el hombre ante quien su propia certeza no encontraba límites salvo en un lugar, hizo algo que nadie le había visto hacer antes: bajó levemente la cabeza.

X · El almuerzo · La mesa larga · Lo que se dice cuando no hay palabras suficientes

La mesa que Teodocio había armado en el Salón Principal era una de esas construcciones improvisadas que terminan siendo más sólidas que las permanentes.

Tres mesas empalmadas, cubiertas con los manteles de Doña Clara —guardados en el baúl de la habitación Filomena, doblados con ese cuidado que solo tienen las cosas que alguien dobló pensando en que habría otro momento— con suficiente espacio para todos y con esa ligera incomodidad de los codos que se rozan que es, en realidad, la temperatura exacta de la intimidad.

La cocina había sido de Vicenta-Eneyda y Luisa, con Andrea-Eugenia de asistente y Beatriz de veedor —porque Beatriz tenía el instinto de la calidad y la honestidad para decir cuando algo no estaba listo aunque todo el mundo quisiera que lo estuviera.

Gloria había puesto la mesa. No como acto funcional sino como lo que era para ella todo lo estético: un lenguaje. Cada plato en su lugar con una intención. Las flores del Patio Clara —pequeñas, de la buganvilia misma— en el centro sin drama. Los manteles de Clara doblados hacia afuera para que se viera el bordado del borde, ese bordado que alguna mano paciente había trabajado décadas atrás y que nadie recordaba quién había sido.

Cuando todos se sentaron —y sentarse todos fue un proceso de diez minutos de negociaciones silenciosas sobre quién cabía al lado de quién y quién necesitaba silla de brazos y quién prefería el extremo donde había corriente— Laura se puso de pie.

No golpeó el vaso. No pidió silencio. Simplemente se puso de pie, y el silencio llegó solo, como siempre llegaba cuando Laura necesitaba que llegara.

Nadie dijo nada durante tres segundos.

Después Don Claverio levantó su vaso —agua, porque a sus noventa y cinco años había aprendido que el agua es el único brindis que nunca defrauda— y dijo:

Y brindaron. Todos. Con lo que tuvieran en el vaso, con lo que tuvieran disponible. Las gemelas juntas, hombro con hombro, como habían llegado al mundo y como habían atravesado todo lo demás. Chayito con su agua de hierbas, que era la única cosa que tomaba desde hacía veinte años y que, según ella misma decía, era el secreto de sus ochenta y dos años en pie. Teodocio con su café —siempre con café, a cualquier hora, como si el café fuera para él lo que la buganvilia era para el patio: la señal de que algo vivo estaba ocurriendo. Dimitruss Lam con un vaso de agua también, que levantó hacia Luisa al otro extremo de la mesa con un gesto que no necesitaba interpretación.

Luisa lo recibió con una inclinación de cabeza. Pequeña. Medida. Suficiente.

XI · La tarde · Lo que Dimitruss construyó al otro lado de la Sierra

La tarde fue más suave que la mañana.

Como suelen ser las tardes cuando las tensiones del mediodía han encontrado su lugar y las personas han comido y el sol de noviembre en el Cantón pierde esa dureza de las horas centrales y se vuelve dorado y oblicuo y perdonador.

Los del clan que no conocían las fincas del Sr. Lam terminaron rodeándolo en el corredor del Patio Clara, preguntándole. Porque Dimitruss Lam era, entre otras cosas, un hombre con una historia de construcción que en el contexto de 1990 —ese año de caos y crisis— resultaba casi inverosímil por su solidez.

◆ San Benito de los Llanos · Llanos de Quebrada Negra · Las Fincas de Lam

Al otro lado de la Sierra de Cerro Puerco, en los llanos que se abren después de que la montaña termina de dividir el Cantón, Dimitruss Lam había construido desde los años sesenta algo que no existía en ningún mapa oficial: un conjunto de fincas agro-industriales, caminos internos, instalaciones de almacenamiento, casas para los trabajadores y sus familias. Un pueblo, en el sentido más funcional de la palabra, que todavía esperaba su nombre oficial, su cabildo abierto, su entrada en los registros del Estado. El nombre que todos usaban era Llanos de Quebrada Negra. El nombre que sería, cuando llegara el momento del cabildo: San Benito de los Llanos. Festividad: 11 de julio.

Y en ese futuro San Benito, en la casa que Lam había construido mirando hacia la Sierra, existía un proyecto que los más jóvenes del clan escucharon esa tarde con los ojos abiertos: el Teleférico de San Benito, concebido por la constructora Vértigo Inc., que conectaría los llanos con los distintos puntos de la Sierra de Cerro Puerco. Todavía incipiente. Todavía en planos y voluntad. Pero real, con la realidad específica de las cosas que un hombre de decisiones irrevocables ha decidido que van a existir.

Teodocio escuchó la descripción del proyecto con esa atención suya que era casi física: el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, los ojos en el punto medio de la distancia donde la gente mira cuando está calculando algo.

Teodocio miró a Vicenta-Eneyda, que estaba dos metros más allá y que había escuchado sin parecer que escuchaba, como siempre.

Vicenta-Eneyda asintió una vez, sin cambiar la expresión: el asentimiento de la persona que gestiona el tiempo del hombre que ama y que sabe cuándo una conversación de trabajo va a convertirse en algo más.

XII · Antes de que el día termine

Al atardecer, cuando el clan comenzaba a dispersarse en pequeños grupos hacia sus habitaciones o hacia el café de Don Chu o hacia los caminos de regreso para los que vivían cerca, Laura encontró a Chayito en el banco de piedra del Patio Clara.

Sentadas las dos frente a la buganvilia, con el último sol del día poniendo un naranja específico en las flores que era casi irreal de tan exacto, estuvieron un rato sin hablar. Era una de sus capacidades compartidas, la de Laura y Chayito: el silencio que no incomoda porque está hecho de confianza y no de ausencia.

Chayito —Rosario Encarnación Gutiérrez Monteczuma, ochenta y dos años, la mujer que había cruzado el mundo con los bienes y el amor de Filomena Ariztisavall Sifuentes y había regresado siempre a esta calle de piedra— miró la buganvilia antes de responder.

Laura pensó en eso. En la diferencia entre el dolor que viene de perder algo y el que viene de haberlo dado bien.

Laura asintió.

En algún punto de la casa, Herminia estaba coordinando las últimas cosas del día con esa eficiencia suya que no necesitaba alzar la voz. En el corredor, Beatriz había vuelto a su cuaderno y esta vez sí escribía, con esa letra pequeña y apretada que era su manera de guardar las cosas antes de que el tiempo las erosionara. Gloria había desaparecido en la habitación Catalina —la del patio, la primera— con el bloc de bocetos que llevaba siempre, porque lo que sentía, cuando lo sentía demasiado para las palabras, lo dibujaba.

Vicenta-Eneyda había encontrado a Teodocio en el corredor norte y le había dicho algo al oído que lo hizo sonreír de esa manera particular suya, la sonrisa que reservaba para Vicenta y que el resto de la casa nunca veía del todo.

Dimitruss Lam se había sentado a una mesa de la terraza lateral con un vaso de agua y estaba mirando la Sierra de Cerro Puerco, que desde aquí, desde Lajas Largas, se veía como una promesa en el horizonte.

Don Claverio Heliodoro dormía en la habitación Claverio —la número dos, la suya, por derecho de nombre y de sangre— con Constanza leyendo en la silla de mimbre junto a la ventana, en ese silencio compartido de los matrimonios viejos que ya no necesitan hacer nada para estar juntos.

Y en el Cementerio Ariztisavall, al otro extremo del pueblo, donde las lápidas guardaban los nombres de los que habían venido antes —Don Estanislao, Sebastianna, Esperanza, Diega, y los hijos que se fueron antes que los últimos— la tierra de noviembre estaba húmeda y oscura y tranquila, como la tierra que ha cumplido su parte del trato.

Laura levantó la vista de la buganvilia y miró el cielo sobre el patio. El naranja se estaba volviendo violeta. Pronto sería noche.

Chayito no respondió de inmediato. Dejó que la afirmación existiera sola durante los segundos que necesitaba para ser completa.

Laura sonrió. Una sonrisa pequeña, de las que no necesitan audiencia.

Y Lajas Largas, San Heliodoro de Las Lajas, guardó el día de la manera en que guarda todo: en silencio, en las paredes, en la piedra de las calles que lleva el peso de todos los pies que han pasado por aquí y de todos los que todavía están por venir.

El clan en pleno.
Que es decir: las heridas que ya tienen nombre
y las que todavía esperan ser nombradas.
Los que llegaron tarde y los que nunca se fueron.
Los ausentes que están más presentes que nadie.
Los futuros que ya se pueden ver,
desde este corredor, desde este patio,
si uno sabe dónde mirar.

Casa Ariztisavall.
Paredes de ochenta centímetros.
Todavía en pie.
Todavía guardando.

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